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Aquí comienza

AQUÍ COMIENZA 

- Aquí comienza el pueblo.

                 Y la vista seguía hacia adelante, caminando por la calle empedrada, vacía. Me sentó sobre la banqueta, de ladrillos, sacó su pañuelo; ese con el que se limpia el sudor de la cara cuando andamos en el campo. Me limpia los pies descalzos llenos de polvo, ensaliva sus manos para untármela sobre los pies.

- Así no se te ven pardos.

                 Saca los huaraches de su morral, los mismos que anoche estuvo reparando de dos correas que traía sueltas, les puso unos clavitos remachados por la suela. Mis ojos no dejan de seguir el movimiento de sus manos, ya para limpiarme los pies, ya para ponerme los huaraches. Levanta sus manos y toma mi cara entre ellas, me mira a los ojos; alegría y entusiasmo me contagia sus ojos claros, que ganas de verlo siempre a los ojos donde me dice muchas cosas que yo no logro aun entender. Me acomoda el pelo con su mano, la ropa la recompone en su lugar.

                Se pone de pie, mete las manos al pantalón para sacar sus cigarros y cerrillos; no son los mismos que fuma cuando andamos en el campo, allá lleva unas hojas secas y el tabaco por separado, se sienta sobre el surco o bajo la sombra de algún huizache para liarse su pitillo. El humo sale de su boca, se aleja por la calle vacía, perdiéndose entre el aire que nunca veo pero que lo hemos sentido desde que pasamos por afuera del panteón.

                Comienza a caminar por la calle empedrada, voy detrás siguiendo sus pasos, siempre debajo de la banqueta.

- La banqueta es pa’ la gente con zapatos.

                La calle se empina hacia adelante, de repente se detiene y se vuelve a decirme señalándome hacia adelante. Allá esta el templo, pero a ese no vamos. Sigo con la vista lo que su mano me señala, allá detrás de una loma sigue la calle, encima de ella, se ve sólo una torre, nada más.

                La calle sigue vacía, sin sonidos, sin olores, sólo casas vestidas de colores con las puertas y ventanas cerradas a la curiosidad de la vista, dejando ver sólo la dureza de su madera. Casas grandes con dos y hasta tres ventanas, otras sólo una puerta. Casas donde pareciera habita el silencio, el vacío, la soledad que no se marchita en espera de huéspedes que la habiten.

                - ¿Quieres mirarlo?

                - ¿A quién?-.

                Me toma de la mano, nos detenemos frente al templo que tiene dos naranjos a los lados, mi Pá se quita el sombrero, me anima a entrar por delante. Una momentánea ceguera me impide saber que hay delante de mí, me detengo, siento la ropa de mi Pá, rozarme cuando se adelanta y va rompiendo la oscuridad, los altos muros comienzan a llenarse de luz, altares con seres inmóviles de sonrisa tímida, con ademanes estancados en el tiempo, ropas cubiertas de polvo, velas que exhalan un ultimo hilo de humo gris. El silencio del lugar me oprime, me pesa, me obliga a buscar alguna salida. Busco a mi Pá, no lo veo, de mi boca escapa un gemido.

                - ¿Pá’?

                - Acá estoy-

              Mis ojos lo buscan por todo este espacio lleno de silencio, allá lo veo frente a un altar mas grande que los otros, hincado, murmurando palabras que mis oídos no entienden, me acerco a él.

              – Ven, míralo-

              De pie, en lo alto del altar un figura iluminada, un poco encorvada, con las manos atadas, el pelo largo cayendo sobre su rostro, la barba crecida, con los ojos llenos de tristeza nos mira a nosotros.

                En silencio mi Pá se levanta, hace unas señas con la mano sobre su cara para luego salir llenos de silenciosa incertidumbre.

 

Por:Caifan Fernández

 

 

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Comentarios

  • Pocas veces un relato logra transportarnos a esos momentos, no más de entrada cuando «Pá me sienta», ahí ocurre la Magia del cuento. Caifan Fernández simplemente tiene el don, hay un hilo conductor que nos lleva también de la mano hacia Su Presencia, tantos preparativos, como un rito de limpieza y respeto para ir al encuentro con Cristo amarrado y agonizante.

    Quiero ser eco del comentario de Nelly, «el aroma a tierra mojada, hierba caliente, agua de río, tradición, a pueblo», es el que se respira y proyecta con este sólido cuento argumentalmente equilibrado. Puro.

  • Hasta me llegó el aroma a tierra mojada, hierba caliente, agua de río, tradición, a pueblo, a Teocaltiche de mí infancia. ¡Hermoso! 

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