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8091708881?profile=RESIZE_400xDibujo por: Oliver Amador García Aguirre.  

LA MUERTE DEL LEÓN

Por: Nelly Anabel García Aguirre.  


Una desconfianza me perturbó por largo tiempo; que mi padre muriera y nosotros no nos enteráramos; el temor nació de una vez que él, sin avisarnos, se fue a otro país de vacaciones; mis padres estaban divorciados y él era muy aventurero.
Un mes después volvió con vistosos regalos, y obsequiándonos el júbilo de verlo contento, sano y salvo; aunque su ausencia repentina incubó en mí esa duda punzante que se agudizó con los años de fraccionada relación debido a los celos de mi madrastra.
Nada importaba ya, en eso momento iba en el autobús con mi hermano rumbo a su casa, y lo que ahora me aquejaba era el convencimiento de que la hora de expiración llegaba, o había llegado. Incoherente resolución, pues mi papá no estaba enfermo, ni siquiera débil o viejo, ni nada tenía que avisara la tragedia, sólo existía ese presentimiento que era más bien una certeza en mi corazón.
Aunque siempre se portaba bien, exhorté a mi hermano a que se comportara mejor. “No lo tendremos por mucho tiempo” sentencié, él menospreció mis palabras por falta de fundamento y mi temperamento a veces fatalista. Ojalá hubiera sido el caso, siempre es mejor vivir el fatalismo que la fatalidad.
Al bajar del autobús me temblaban las piernas, caminamos varias cuadras de la terminal a su domicilio. Las calles de laja con sus casas pueblerinas me parecían andadores de condenados, iba a encontrarme con la muerte, y no era la mía, eso, era lo que más me afligía.
No recuperé la calma aun cuando vi la vivienda abierta, era típico, pues tenía adjunto su despacho médico.
La casa tenía un balcón que siempre me gustó para que me llevaran serenata; sin embargo, no vivía yo ahí y era muy joven para esas cosas; la puerta grande de mezquite invitaba a recordar los tiempos antiguos de la morada; el zaguán techado hacía de sala de espera, con sus cómodos sillones y su mesita llena de revistas varias, para que el paciente no se impaciente.
El cancel que daba a la residencia estaba cerrado con llave, lo mismo que el consultorio, pensé que el funesto suceso estaba en proceso y habían salido de prisa olvidando cerrar la puerta principal; inmediatamente me apacigüé analizando que era ilógico cerrar el despacho médico y la reja olvidando la puerta principal.
A mi hermano lo invadió la incertidumbre y propuso ir a buscarlo a su farmacia, o la sombrerería de mi tío, así lo hicimos, averiguamos que mi padre andaba en el hospital dando de alta a otro de mis tíos; esto tampoco calmó mi sentir, por el contrario, se avivaba con cada segundo que no lo veía, a él, para mí, mi día y noche, mi cielo y tierra, mi aire y mar, mi alfa y omega; mi papi.
Volvimos a la casa a esperarlo. Esbocé una franca sonrisa cuando, en su coche, lo vi llegar tan sobrio y entero, tan hermoso y varonil ¡qué más puede decir una niña que adora a su padre! Con todo, su mirada, por alguna razón corroboraba mi desazón.
Todo el día intenté agradarle, me empeñé en que se sintiera amado y valioso, alegre y tranquilo. Ya para media tarde estaba yo sosegada, viendo la televisión con mi hermano, mientras él arreglaba un asunto con su mujer, esa perra que no tuvo hijos nunca y destrozó los de mi madre; discutieron secamente, poco pero duro; mi papá subió a su habitación a pernoctar un rato, eso dijo; su esposa nos ordenó, sin ser necesario, que lo dejáramos descansar, pues estaba agotado por varias noches de mal dormir y que le había puesto algo para relajarlo, luego salió de la casa.
El tiempo se nos pasó volando viendo la televisión, es verdad que ese aparato entretiene y apendeja. Volvió de súbito y con tal fuerza ese sentimiento que me estremecí de miedo; supe que la hora había llegado, al tiempo, entró la mujer de mi padre, pasó de largo como si no estuviéramos ahí y subió a la habitación.
Su grito me aturdió, no en el oído sino en el razonamiento, en mi memoria ha quedado impreciso ese momento, como si un velo intentara defenderme de la crudeza del instante; no sé cómo, pero estábamos ya junto a mi papá, frotándole las extremidades con alcohol y con el corazón apretujado; no reaccionaba, su cuerpo frío y pálido advertía la gravedad; con esfuerzos logramos entibiarlo.
Ella sabía perfectamente lo que pasaba y fingía desconocerlo, yo lo sospechaba. Tajante nos mandó salir del cuarto y nos fuéramos a la habitación de abajo; dijo que ella se haría cargo y cuando mi padre despertara nos avisaría.
Nuestros pasos eran lentos, dudosos; mi pequeño, mi príncipe León, mi hermano, él y yo nos miramos sin poder decirnos nada, ambos aletargados, estábamos en una pesadilla.
La escalera era arcaica, estrecha, de escalones delgados y altos, con un barandal de herrería colonial; descendimos pausadamente y estábamos al pie de la escalera como dos cachorritos asustados, mirando a la puerta de la habitación, queriendo adivinar que sucedía adentro; repentinamente la mujer volvió a gritar “No respira” en un santiamén estábamos nuevamente sobre el cuerpo del León, brindándole los primeros auxilios; por, segundos, minutos, horas; no sé, el tiempo pierde forma, son relámpagos y los recuerdos se han ido difuminando; pero en mi memoria consta que mi vida volvió a ventilarse como sus pulmones; dicha corta que trajo larga esperanza. Ella, su mujer, nos mandó ir por mi tío; afuera había llovido y lloviznaba, no me percaté de eso hasta que bajé la mirada y vi que salpicaba agua de los charcos formados, mi hermano corría junto a mí.
Llamamos a la puerta, dos o mil veces; una voz furiosa refunfuñó “¿Quién?” “Nosotros, los Cachorros, mi padre está mal, venimos por mi tío”. Mi tía política vomitó despectivamente un “Ahora va”, sus palabras salieron como un fusil, me atravesaron, era obvio que poco o nada le importaba y eso me hervía la sangre.
Esperamos una eternidad, mi tío salió lento como si fuese dueño del tiempo y no tuviera premura el asunto, si lo hubiera podido cargar lo habría hecho.
Mi tío, teniendo automóvil, prefirió caminar en la lluvia por varias cuadras, él no podía o no quería correr, y yo iba junto a él, quería asegurarme que acudiese al socorro de mi padre.
Subimos a la habitación y lo auscultó superficialmente, luego buscó en el PLM los síntomas de una sobredosis de Valium, los leyó en voz alta y me miró como si me preguntara y a la vez afirmara que eso, precisamente, era lo que tenía; estábamos en el comedor, mi tío, mi hermano y yo; así que con confianza exclamé “¡Sí, eso es!” “Lo sé, no es la primera vez, pero tu padre no entiende o no nos creyó” dijo resignado. ¡Qué dolientes palabras! Dagas precisas y profundas que son sacadas para causar más daño, ¡Maldita mujer! Pensé.
Estúpida de mí que confié en mi tío que aseguró que lo peor había pasado y por la mañana, él traería un doctor de confianza para que la reputación de mi padre no se ensuciara; como si su reputación fuera más importante que su vida; mi tío volvió a su casa.
Poco después se repitió el evento; primeros auxilios, correr en la lluvia, mi hermano detrás de mí, la tía molesta, mi tío parsimonioso y otra vez con la certeza de que lo peor había pasado. Reprocho mi mente tarda que no pensó en mandarlos a todos a la chingada e ir por ayuda de verdad, condeno con severidad mi poca iniciativa, idiotez que me costó llanto de sangre, y casi la cordura.
Amanecía, mi padre volvió a dejar de respirar, cuando pudimos lograr que lo volviera a hacer, por órdenes de esa mujer, mi hermano y yo intentamos subir, del consultorio médico, el tanque de oxígeno a la habitación, encomienda inútil pues dos niños poco pueden, aunque lo intentamos con afán, hasta que accidentalmente quebré ese botecito que contiene agua y que quién sabe para qué sirve.
Intentamos bajar a mi padre al consultorio, esa mujer llamó a un vecino, él y mi tío, que acababa de llegar solo, nos ayudaron, bajar a mi padre entre nosotros cuatro no fue cosa fácil, mi padre era hombre rebosante, aunque no gordo, advierto porque como dije, era guapísimo. Las escaleras eran complicadas, no sé de dónde saqué tanta fuerza, aunque lo sentía pesado y me dolían bastante los músculos, no lo solté; primero permitiría que se me desprendieran los brazos; y mi hermano era más pequeño, seguro estaba igual o peor.
El cuerpo suelto de mi padre dio otro indicio de su fin. Lo acostamos en la camilla del consultorio mientras llegaba la ambulancia, nos dejaron a mi hermano y a mí solos con él, privacidad que agradezco a Dios. Le dije lo mucho que lo amábamos, le juré si se esforzaba y vivía consagraría mi vida a él, le aseguré que la vida sería rosa, y prometí mucho, mucho que en mis manos no estaba cumplir. Lo abrazamos y besamos, de sus parpados entreabiertos le brotaron lágrimas; él, mi León, me escuchaba, con lágrimas dijo todo lo que tenía que decir, y le entendimos. Aunque de su muerte no queríamos hacernos a la idea, jaló su última bocanada de aire mientras lo teníamos abrazado, besándolo y diciéndole, no sé cuántas veces “Te amo papi”.
Nos lo arrebataron para subirlo a la ambulancia, su sirena gritaba cómo “La llorona”, lamento de una pérdida.
Quedamos huérfanos los Cachorros, y la perra se quedó con todo, si por eso lo mató; pero, no pudo arrancarnos la sangre de león que corre en nuestras venas, ese tesoro que no se hurta, se hereda. Hoy, que soy leona vieja y mis cachorros son padres de sus cachorros, pienso más en él, mi León, y lo veo en el brillo de los ojos de mis hijos y mis nietos, indudable e innegable la sangre del León en ellos.


  1. A él, Amador García Ruano, mi León, nuestro amor por siempre. (Foto superior) 
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Nelly Anabel García Aguirre

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Comentarios

  • En una frenética y estrujante narración, en la que nos enganchamos con la forma tan ágil de expresarlo, encuentro coraje pero mucho valor y recuerdos agolpados. Felicidades Nelly, creo que tu trabajo es exquisito. Gracias.

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