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EL MASÓN Y LA FORMACIÓN EN ARTES

Es menester comprender que estar inmersos en ambientes donde se comparta y destaquen elementos culturales creativos, tales como las expresiones estéticas o producciones artísticas, promueven hábitos replicables que mejoran el desarrollo cognitivo, emocional y de cohesión social, misma amalgama anteriormente dicha, que impulsa la trascendencia de nuestras ideas, y transforma la diversificación artística en conocimiento. Por tanto, es este punto de partida la finalidad de la masonería, el promover el desarrollo intelectual de la sociedad, con el fin de conseguir un unísono de auto construcción. El conocimiento crítico, práctico, medible, observable, interpretable y susceptible a mejorar sus propios métodos, entonces, parte también de las artes.

No puede pensarse a quien figura como masón, decirse o decirle, que está puliendo su piedra bruta sin antes destacar si se ha inmiscuido en el ramo científico, artístico o de análisis social, imprescindible por cierto saberlo porque desde estos ángulos disciplinares de conocimiento, es posible percibir la realidad como actor participativo (el masón) y considerando el eje del cambio (sus acciones) en la realidad donde se encuentra inmerso (haciendo alusión a un punto sustancial del juramento de clausura de cada tenida en la que participamos: por diligencia en el cumplimiento de nuestros deberes, por una actitud BENEVOLENTE, LIBERAL Y FILANTRÓPICA). Estos valores, o validaciones masónicas, inevitablemente, se vinculan con el ejercicio de las artes liberales establecidas en los discursos de los primeros constructores de catedrales (Franc-maçon): el trívium y el quadrivium.

Trívium y quadrivium, sin lugar a dudas, deben estar presentes en las acciones de la masonería (su praxis), de sus miembros (ser ávidos lectores, fomentadores de las bellas artes o impulsores de la cultura) y en concordancia de la cotidianidad de cada uno (debemos practicar alguna, la que nos guste). Las 7 bellas artes son: pintura, escultura, arquitectura, música, literatura, danza y cine. Las 7 artes liberales, divididas en trívium y quadrivium son: gramática, dialéctica y retórica (artes lingüísticas), y aritmética, geometría, astronomía y música (artes matemáticas). De hecho, es imperativo incluso, dentro de nuestra consciencia de edificar el templo físico, mental y espiritual, que generemos producciones artísticas de autoría propia para la sociedad, a fin de sellar el legado que hemos recibido por la tradición masónica (“La Flauta mágica” de Morzart, “El Infierno” de Botticelli, “La Divina comedia” de Dante Alighieri, “El hombre del Vitrubio” de Da Vinci, “Guerra y Paz” de León Tolstoi) sea en forma de símbolos, argumentos filosóficos o postulados esotéricos.

Desde un cristal más personal, en mi grado correspondiente, la relación entre formarme en artes y educarme en los 5 valores principales de la estrella flamígera: rectitud, inteligencia, filantropía, prudencia y valor, es correspondiente y correlativa, porque las artes, promueven la sensibilidad que es útil para conectar a nivel emocional y conductual en el ámbito interpersonal; estimula la creatividad como sinónimo del intelecto, el atrevimiento por la libre expresión; genera aprecio por el patrimonio cultural que de la misma, se desprende el cuidado, la promoción y mirar con importancia las autorías; la sensibilidad por sí misma no refiere únicamente a recibir a raudales los estímulos del exterior, sino, que desde nuestro panorama analítico, siendo masones, la recepción sensitiva que nos aporta el arte es para poder empatizar con los demás entes sociales, y poder ejercer también precisamente, el sentido filantrópico.

Ahora bien, la formación en artes desde el aspecto esotérico, nos permite dejar mensajes de los cuales leerse a quienes puedan comprender los principios de nuestra augusta institución. Haciendo alusión entonces al lenguaje gráfico que traduce los gestos y señas propios del conocimiento masónico, una de las obras más emblemáticas que lo exponen sin requerir intenso escudriñar es “El Infierno” de Botticelli, que pinta 9 círculos hacia abajo que son los pisos del infierno, expresados en forma de mapa por donde pasa Dante Alighieri y Virgilio, y de acuerdo a la obra literaria aunque no están graficados, los 9 cielos hasta llegar a Beatriz (el sagrado femenino o el cáliz Saint Graal según los rosacruces), entonces, el esoterismo cabalístico cabe tanto en Botticelli como en Alighieri al mostrar las 9 dimensiones como un ejemplo didáctico del Zohar, y las polaridades angélicas y demoniacas, y la dualidad hermética que componen a la existencia. Ambos artistas estudiosos de la escuela templario masónica.

Obras arquitectónicas como la capilla de Rosslyn en Escocia (país a donde migraron los últimos templarios para esconderse, al ser perseguidos por El Vaticano), cuyos constructores de esta fueron la familia Sinclair (parentesco con la esposa de Hugo de Payens, Catalina Saint Clair, y aquél que fue fundador de la Orden del Temple), tiene en sus muros detalles gráficos y escultóricos de nociones astrales, símbolos salomónicos, destacan figuras sobre la reencarnación, la vida y las dimensiones por las que transita la evolución kármica, simbología de varias religiones como si quisieron mostrar un camino de muchas verdades, e incluso se cuenta como leyenda, que en esta capilla se escondieron algunos tesoros templarios que pudieron ser la cabeza embalsamada de Juan Bautista, evangelios apócrifos, o escritos encontrados en el Templo de Salomón.

El aura de misterio que envuelve a la esfera del arte y la masonería dirige invariablemente, a concluir que los masones tenemos el deber de dejar en alguna producción artística, independientemente seamos o no profesionales de dicho campo disciplinar, las enseñanzas y conocimientos que estamos aprendiendo en cada uno de los grados, esto con la finalidad de generar el libre pensamiento, la igualdad, y la fraternidad en nuestra sociedad.

 

Es cuanto.

 

C.´. M.´. Salvador Alejandro Ochoa López

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¿DE QUÉ SE TRATA?

Esta nueva sección Los Albañiles, en Prensamérica, es como un niño jugando ‘a los soldados’ con un juego de figuras de ajedrez. El niño se percata de la diferencia en el significado de las piezas debido a las formas y tamaños. Tal vez los caballos sugieren caballería, las piezas más grandes, oficiales, y los peones soldados de infantería. Sin embargo, el niño no practica el juego de ajedrez. Él se halla felizmente jugando de acuerdo a su imaginación, ignorante del significado de la simbología de las variadas piezas. Él no sabe que la reina es la pieza más poderosa sobre el tablero de ajedrez, ni se da cuenta tampoco que esto es debido a que los antiguos reconocieron la gran influencia que muchas reinas verdaderas ejercieron sobre sus amos y señores, los reyes.
El niño no percibe la sutil referencia a la influencia de la iglesia en los asuntos de estado, insinuada por las poderosas piezas llamadas alfiles. Tampoco aprecia la fina ironía, oculta en el hecho que estas piezas no se trasladan sobre el tablero de ajedrez en forma recta y honesta, más bien se mueven hacia sus objetivos en forma precavida.
El niño no se da cuenta del hecho que la limitación de movimientos de los peones es análogo a las restricciones que circunscribían al "hombre común" en aquellos días feudales despóticos. Así como ese pequeño con sus figuras de ajedrez, es el Gremio que se enorgullece a sí mismo con la perfección de las ceremonias, conferencias y rituales, y permanece ignorante a su oculto y simbólico significado, velado por esas mismas ceremonias.
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