LOS ALBAÑILES

 

Por: Roberto Godínez Soto

El hombre que estudia y entiende los principios filosóficos de la Institución, se dará cuenta que la obtención de grados no convierte a una persona en albañil. Ya que un albañil no es el producto de un nombramiento o un grado; es una persona que ha crecido conscientemente, y también debe entender que el lugar que ocupa en un taller exotérico no significa nada en comparación con su puesto en un taller esotérico. Debe descartar, para siempre, la idea de que puede ser instruido en los Misterios o que le pueden ser comunicados oralmente; o que el ser miembro de una cofradía es suficiente para mejorarlo en todos los aspectos. Debe deducir que su deber consiste en construir y desarrollar las enseñanzas en su propio ser: que nada, salvo su propio ser purificado, puede abrirle la puerta de la conciencia humana, y que sus estudios deben ser eternamente especulativos hasta que los haga operativos, viviendo la vida del albañil místico. Los que se hallan rodeados del conocimiento para progresar por sí mismos y no aprovechan tales oportunidades, son obreros perezosos.

La Orden no es una mera organización social, sino que está compuesta por todos cuantos se han comprometido ante sí mismos y ante los demás a aprender y practicar juntos los principios filosóficos y del esoterismo. Debemos de fijarnos como objetivo, ser: filósofos, sabios, individuos de mente equilibrada, dedicados a la Libertad, Igualdad y Fraternidad, y comprometidos con los que nos rodean (familiares, amigos, vecinos, conocidos, etc.): trabajar para que el mundo sea mejor, más sabio y más feliz. Los que ingresan a la Institución y pasan entre columnas buscando prestigio, prebendas o ventajas de índole material, son blasfemos, y aunque en este mundo podamos considerarlos como gente de éxito, en realidad se les han cerrado las puertas del verdadero conocimiento, cuya clave es el desinterés y cuyos obreros han renunciado a los bienes tangibles del momento.

En épocas pasadas se requerían muchos años de preparación para que el postulante lograra la oportunidad de ingresar a la orden. De este modo, el frívolo, el curioso, el débil de corazón, y los incapaces de resistir las tentaciones de la vida, eran automáticamente eliminados por su incapacidad para llenar los requisitos de admisión. El candidato triunfante a su paso entre columnas, ingresaba dándose cuenta de su sublime oportunidad, de su trascendente obligación, y del místico privilegio ganado por sí mismo en el curso de años de ardua preparación. Sólo son verdaderamente albañiles los que ingresan y no buscan ni adulaciones, ni cosas de la vida, sino los tesoros eternos, y cuyo único deseo es conocer el verdadero misterio en donde pueden reunirse como honestos obreros con los que vivirán como constructores del Templo Universal en el futuro.

Sólo algunos albañiles de hoy saben o aprecian el místico significado que se encierra en la Institución. Con fe razonada, quizá perpetuamos la forma, adorándola en lugar de la vida, pero aquellos que no han reconocido la verdad en la ecléctica forma de llegar al mismo y que no han podido reconocer la esencia a través de su envoltura en palabras bien rimadas, no son albañiles, a pesar de sus grados ostentosos y de sus honores externos.

Es Cuánto.

 

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¿DE QUÉ SE TRATA?

Esta nueva sección Los Albañiles, en Prensamérica, es como un niño jugando ‘a los soldados’ con un juego de figuras de ajedrez. El niño se percata de la diferencia en el significado de las piezas debido a las formas y tamaños. Tal vez los caballos sugieren caballería, las piezas más grandes, oficiales, y los peones soldados de infantería. Sin embargo, el niño no practica el juego de ajedrez. Él se halla felizmente jugando de acuerdo a su imaginación, ignorante del significado de la simbología de las variadas piezas. Él no sabe que la reina es la pieza más poderosa sobre el tablero de ajedrez, ni se da cuenta tampoco que esto es debido a que los antiguos reconocieron la gran influencia que muchas reinas verdaderas ejercieron sobre sus amos y señores, los reyes.
El niño no percibe la sutil referencia a la influencia de la iglesia en los asuntos de estado, insinuada por las poderosas piezas llamadas alfiles. Tampoco aprecia la fina ironía, oculta en el hecho que estas piezas no se trasladan sobre el tablero de ajedrez en forma recta y honesta, más bien se mueven hacia sus objetivos en forma precavida.
El niño no se da cuenta del hecho que la limitación de movimientos de los peones es análogo a las restricciones que circunscribían al "hombre común" en aquellos días feudales despóticos. Así como ese pequeño con sus figuras de ajedrez, es el Gremio que se enorgullece a sí mismo con la perfección de las ceremonias, conferencias y rituales, y permanece ignorante a su oculto y simbólico significado, velado por esas mismas ceremonias.

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