De Ésto trata nuestro Trabajo...

Autor: C.´.M.´. Salvador Alejandro Ochoa López. 

La realidad física se compone de estados vibratorios donde ondulan frecuencias respectivas de cada entidad, sea ser vivo, o elementos inertes o materiales. Todo, absolutamente, contiene vibración y música. Desde este contexto, música no le llamaré a la composición melódica de notas expresadas en un pentagrama, más bien, a la armonización de los sonidos que son emitidos, y que se distribuye por medio de ondas; estas frecuencias al estar a cierto tono, y conjugándose en fonemas, modelan a la materia. En palabras de Adoum, “todos los sonidos modelan nuestra personalidad”, por tanto, somos lo escuchamos. Vibramos de acuerdo a lo escuchamos. Nos convertimos y convertimos a lo demás y los demás con respecto a lo que hablamos.

Fonema y grafema, unidades pequeñas de la audición y escritura de los lenguajes, son partículas que se llenan de poder sustancial y consciencia, que permiten construir o deconstruir mentes, sentimientos, sensaciones o percepciones, dependiendo de la vibración que expresen. La vibración de la palabra, a nivel fonológico, tiene cinco características principales: 

  1. Ordenamiento musical: las oraciones que decimos, es decir, lo que hablamos tiene una armonización de sonidos. Será el mensaje lo que genere una vibración.
  2. Influencia en procesos físicos y químicos: las frecuencias del sonido cambian los estados químicos y físicos de la materia.
  3. Genera atracción o repulsión: dependiendo lo que se expresa, se genera atracción o repulsión
  4. Cohesiona: también, cualquier palabra, con un sentido, junta o mezcla, contribuye a realizar cualquier fin.
  5. Expresa geometría: los abecedarios tienen cierto número de letras, notas por la intensidad y el tono de la voz, y por tanto, matemáticamente son perfectas.

La música de nuestras palabras como de las notas musicales, entonces, contienen la capacidad de reformar o manipular la materia, por la vibración del verbo. Verbo, no sólo consistiría en acción o descripción de lo que hace el sujeto, más bien, de la magia de las palabras en sus acciones, y cómo estas se van construyendo por aquello que hace vibrar. En el ser humano, cada palabra tiene como consecuencia efectos en el subconsciente, de manera que la programación mental, podría ir ligada no sólo a los factores psicológicos de lo auto narrativo o la sugestión, sino, por las frecuencias de los sonidos que afectan a la triada de la manifestación:

  1. Plano espiritual: aritmética.
  2. Plano mental: música.
  3. Plano físico: geometría.

Las 22 letras entonces, mantienen su magia si estas se combinan entre sí, y que las diferentes articulaciones impulsan el desarrollo o involución de los anteriores planos. Hablar es crear, comprendiendo así, como masones, tenemos la obligación y la responsabilidad de crear mediante el verbo ambientes, pensamientos, emociones, sensaciones y liderazgos que desarrollen el bienestar de una sociedad. No sólo la masonería educa a quienes estamos en sus filas, también, nosotros a su vez se nos exige ser microprosopos o creadores de mundos pequeños, en cualquier contexto donde nos encontremos.

El estado alquímico de las letras, escrito o hablado, en el marco de los postulados del autor, se llena de magnetismo, tal es el ejemplo de los mantras o también de los 72 nombres de Dios aparecidos en la cábala, y por ello, es menester determinar que este magnetismo es llamado también energía crística. Lo que los fundamentos metafísicos de Saint Germain sería la presencia Yo Soy. La aplicación de este verbo, refuerza la Unidad del ser humano con el Gran Arquitecto, por tanto, se armoniza la vibración propia con las notas cósmicas del Universo. Y hasta este punto, es importante aprender que las expresiones tanto habladas como escritas tienen efectos en la materia, por ello, es necesario buscar crear cada una en la luz y la sabiduría, en la libertad, la igualdad y la fraternidad, en la inteligencia, rectitud, valor, prudencia y filantropía.

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¿DE QUÉ SE TRATA?

Esta nueva sección Los Albañiles, en Prensamérica, es como un niño jugando ‘a los soldados’ con un juego de figuras de ajedrez. El niño se percata de la diferencia en el significado de las piezas debido a las formas y tamaños. Tal vez los caballos sugieren caballería, las piezas más grandes, oficiales, y los peones soldados de infantería. Sin embargo, el niño no practica el juego de ajedrez. Él se halla felizmente jugando de acuerdo a su imaginación, ignorante del significado de la simbología de las variadas piezas. Él no sabe que la reina es la pieza más poderosa sobre el tablero de ajedrez, ni se da cuenta tampoco que esto es debido a que los antiguos reconocieron la gran influencia que muchas reinas verdaderas ejercieron sobre sus amos y señores, los reyes.
El niño no percibe la sutil referencia a la influencia de la iglesia en los asuntos de estado, insinuada por las poderosas piezas llamadas alfiles. Tampoco aprecia la fina ironía, oculta en el hecho que estas piezas no se trasladan sobre el tablero de ajedrez en forma recta y honesta, más bien se mueven hacia sus objetivos en forma precavida.
El niño no se da cuenta del hecho que la limitación de movimientos de los peones es análogo a las restricciones que circunscribían al "hombre común" en aquellos días feudales despóticos. Así como ese pequeño con sus figuras de ajedrez, es el Gremio que se enorgullece a sí mismo con la perfección de las ceremonias, conferencias y rituales, y permanece ignorante a su oculto y simbólico significado, velado por esas mismas ceremonias.
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