LOS ALBAÑILES

De Ésto trata nuestro Trabajo...

 

Por: Roberto Godínez Soto

El más difícil y más oscuro de los

libros sagrados, el Génesis, contiene

tantos secretos como palabras, y cada

palabra esconde varios.

San Jerónimo.

Ramsés II fue uno de los grandes monarcas de Egipto. Su hijo Menephtah, según la costumbre egipcia, recibió instrucción de los sacerdotes, en el templo de Ammón-Rá en Memphis, puesto que el arte real era entonces considerado como una rama del arte sacerdotal. Menephtah era un joven tímido, curioso y de inteligencia mediocre. Él tenía afición poco inteligente por las ciencias ocultas, lo que le hizo ser más tarde presa de los magos y astrólogos de baja estofa. Tuvo por compañero de estudios a un joven de genio adusto, de carácter extraño y concentrado. Hosarsiph (Primer nombre egipcio de Moisés. Manethón, citado por Philón), era el primo de Menephtah, el hijo de la princesa real, hermana de Ramsés II. ¿Hijo adoptivo o natural? Nunca se ha sabido. (El relato bíblico (Éxodo II, 1-10) hace de Moisés un judío de la tribu de Leví, recogido por la hija de Faraón en los juncos del Nilo, donde la astucia materna le había depositado para conmover a la princesa y salvar al niño de una persecución idéntica a la de Herodes.

Por el contrario, Manethón, el sacerdote egipcio, a quien debemos los datos más exactos sobre las dinastías de los Faraones, datos hoy confirmados por las inscripciones de los monumentos, afirma que Moisés fue un sacerdote de Osiris. Strabon, que había sacado sus noticias de la misma fuente, es decir, de los iniciados egipcios, lo atestigua igualmente.

La fuente egipcia tiene aquí un valor mayor que la fuente judía.

Porque los sacerdotes de Egipto no tenían interés alguno en hacer creer a los griegos o a los romanos que Moisés era uno de los suyos, mientras que el amor propio nacional de los judíos les ordenaba hicieran del fundador de su nación un hombre de su misma sangre. La narración bíblica reconoce por otra parte que Moisés fue educado en Egipto y enviado por su gobierno como inspector de los judíos de Gosen. Éste es el hecho importante, capital, que establece la filiación secreta entre la religión mosaica y la iniciación egipcia. Clemente de Alejandría creía que Moisés estaba profundamente iniciado en la ciencia de Egipto, y de hecho la obra del creador de Israel sería incomprensible sin esto).

La princesa real, soñaba para su hijo el trono de los Faraones. Hosarsiph era más inteligente que Menephtah; él podía esperar una usurpación con el apoyo del sacerdocio. Los Faraones, es cierto, designaban sus sucesores entre sus hijos. Pero algunas veces los sacerdotes anulaban la decisión del príncipe después de su muerte, en interés del Estado.

Mientras era escriba sagrado, Hosarsiph fue enviado a inspeccionar el delta. Los hebreos tributarios del Egipto, que habitaban entonces en el valle de Gosen, estaban sometidos a trabajos rudos. Ramsés II unía Pelusium con Heliópolis por medio de una cadena de fuertes. Todos los grupos de Egipto tenían que dar su contingente de obreros para estos trabajos gigantescos. Los Beni-Israel se habían encargado de las labores más pesadas y sobre todo eran tallistas en piedra y constructores de ladrillos. Independientes y orgullosos, no se doblegaban tan fácilmente como los indígenas bajo la vara de los guardias egipcios, sino que sufrían la servidumbre a regañadientes y a veces devolvían los golpes. El sacerdote de Osiris no pudo por menos de experimentar una secreta simpatía hacia aquellos intratables, cuyos Ancianos, fieles a la tradición abrámica, adoraban sencillamente al Dios único, que veneraban sus jefes, pero se rebelaban bajo el yugo y protestaban contra la injusticia. Un día vio a un guardia egipcio apalear bárbaramente a un hebreo indefenso. Su corazón se sublevó, se lanzó sobre el egipcio, le quitó su arma y le mató en el acto. Esa acción, cometida en un hervor de indignación generosa, decidió de su vida. Los sacerdotes de Osiris que cometían un homicidio, eran severísimamente juzgados por el colegio sacerdotal.

Él prefirió desterrarse e imponerse él mismo su expiación. Todo le lanzaba a la soledad del desierto, hacia el vasto desconocido: su deseo, el presentimiento de su misión y sobre todo esa voz interna, misteriosa, pero irresistible, que dice en ciertas horas: “¡Vé!: es tu destino”.

Más allá del mar Rojo y de la península Sinaítica, en el país de Madián, había un templo que no dependía del sacerdocio egipcio. Aquella región se extendía, como una banda verde, entre el golfo alamítico y el desierto de la Arabia. A lo lejos, más allá del brazo de mar, se veían las masas sombrías del Sinaí y su cumbre pelada. Enclavado entre el desierto y el mar Rojo, protegido por un macizo volcánico, aquel país aislado se hallaba al abrigo de las invasiones. Su templo estaba consagrado a Osiris, pero también se adoraba en él al Dios soberano bajo el nombre de Aelohim. Porque aquel santuario, de origen etiópico, servía de centro religioso a los árabes, a los Semitas y a los hombres de raza negra que buscaban la iniciación. Hacía siglos ya que el Sinaí y el Horeb eran así como el centro místico de un culto monoteísta. La grandeza desnuda y salvaje de la montaña, elevándose aislada entre el Egipto y la Arabia, evocaba la idea del Dios único. Muchos Semitas iban allí en peregrinación para adorar a Aelohim y residían allí durante algunos días ayunando y orando en las cavernas y las galerías excavadas en las faldas del Sinaí. Antes de esto, iban a purificarse y a instruirse al templo de Madián.

Allí fue donde se refugió Hosarsiph. El gran sacerdote de Madián o Raguel (vigilante de Dios) se llamaba entonces Jetro (Éxodo, III, 1), que era un hombre de piel negra. (Más tarde (Números III, 1), después del éxodo, Aarón y María, hermano y hermana de Moisés, según la Biblia, le reprochaban el haberse casado con una etíope. Jetro, padre de Sephora, era pues de esta raza). Él pertenecía al tipo más puro de la antigua raza etiópica, que cuatro o cinco mil años antes de Ramsés había reinado sobre Egipto y que no había perdido sus tradiciones, que se remontaban a las más viejas razas del globo. Jetro no era un inspirado ni un hombre de acción; pero era un sabio. Poseía tesoros de ciencia amontonados en su memoria y en las bibliotecas de piedra de su templo. Además, era el protector de los hombres del desierto, libios, árabes, semitas nómadas. Esos eternos errabundos, siempre los mismos, con su vaga aspiración al Dios único, representaban algo inmutable en medio de los cultos efímeros y de las civilizaciones ruinosas.

Hosarsiph quiso al pronto someterse a las expiaciones que la ley de los iniciados imponía a los homicidas. Cuando un sacerdote de Osiris había causado una muerte, aun involuntaria, se consideraba que perdía el beneficio de su resurrección anticipada “en la luz de Osiris”, privilegio que había obtenido por las pruebas de la iniciación y que le ponía muy por encima del común de los hombres. Para expiar su crimen, para volver a encontrar su luz interna, tenía que someterse a pruebas más crueles, exponerse otra vez más a la muerte. Después de un largo ayuno y por medio de ciertos brebajes se sumergía al paciente en un sueño letárgico; luego le depositaban en una tumba del templo. Su cuerpo quedaba allí durante días, a veces semanas enteras.

Durante ese tiempo se consideraba que hacía un viaje en el más allá, en el Erebo o en la región del Amenti, donde flotan las almas de los muertos que no se han desligado aún de la atmósfera terrestre. Allá tenía que buscar a su víctima, sufrir sus angustias, obtener su perdón y ayudarla a encontrar el camino de la luz.

Entonces únicamente se le consideraba como habiendo expiado su homicidio, y únicamente entonces su cuerpo astral se había lavado de las negras manchas con que le manchaban el soplo envenenado y las imprecaciones de su víctima. Pero de aquel viaje, real o imaginario, el culpable podía muy bien no volver, y con frecuencia cuando los sacerdotes iban a despertar al expiador de su sueño letárgico, no encontraban más que un cadáver.

Su pasado se había esfumado, el Egipto había cesado de ser su patria, y ante él la inmensidad del desierto con sus nómadas errantes, se extendía como un nuevo campo de acción. Miró largo tiempo a la montaña de Aelohim en el horizonte, y por primera vez, como en una visión de tempestad en las nubes del Sinaí, la idea de su misión pasó ante sus ojos. Fundir aquellas tribus movedizas en un pueblo de combate que representaría la ley del Dios supremo entre la idolatría de los cultos y la anarquía de las naciones, un pueblo que llevaría a los siglos futuros la verdad encerrada en el arca de oro de la iniciación.

En aquel día y para marcar la nueva era que comenzaba en su vida, Hosarsiph tomó el nombre de Moisés, que significa: “El salvado”.

Corolario:

Fue incontestablemente el organizador del monoteísmo. Por él, ese principio hasta allí oculto bajo el triple velo de los misterios, salió del fondo del templo para entrar en el círculus de la historia. Moisés tuvo la audacia de hacer del más alto principio de la iniciación el dogma único de una religión nacional, y la prudencia de no revelar sus consecuencias más que a un pequeño número de iniciados, imponiéndolo a la masa por el temor. En esto, el profeta del Sinaí tuvo evidentemente intuiciones lejanas que sobrepasaban con mucho los destinos de su pueblo. La religión universal de la humanidad: he ahí la verdadera misión de Israel, que pocos judíos han comprendido, fuera de sus más grandes profetas. Esa misión, para cumplirse, suponía la submersión del pueblo, que la representaba. La nación judía ha sido dispersada aniquilada, mientras la idea de Moisés y de los Profetas ha vivido y se ha ensanchado. Desarrollada, transfigurada por el cristianismo, reavivada por el islam, aunque de un modo inferior, ella debía imponerse al Occidente bárbaro, reaccionar sobre el Asia misma. En adelante la humanidad, por mucho que haga, por mucho que se agite contra sí misma, girará alrededor de esa idea central como la nebulosa alrededor del sol que la organiza. He ahí la obra formidable de Moisés.

Es Cuanto.

 

 

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