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VÍCTOR HUGO Y NOTRE DAME DE PARIS

¿Por qué Víctor Hugo incluiría la catedral en su obra y le otorgaría un lugar privilegiado en ella? Podríamos considerar que, siendo un escritor habituado a enmarcar sus narraciones en un contexto histórico, Notre Dame es simplemente un escenario más en el que desarrollar la acción de su novela, cuya aparición se justificaría por el mero capricho del francés en que aparezca la gran joya gótica de París y el atractivo que conlleva. Quizás podríamos subrayar esta idea teniendo en cuenta el espíritu romántico de Hugo, en el que predomina el sentimiento sobre la razón y la añoranza por el pasado, retrotrayéndose así a la Edad Media y al fascinante estilo gótico que terminaría por extenderse en todo el continente europeo.

El trasfondo de Notre Dame en la novela no es pasivo en absoluto. Es verdad que a través de ella Víctor Hugo refleja alguna de las prácticas sociales de la época medieval, como el derecho de asilo en terreno sagrado, y que diversos acontecimientos clave en la trama suceden allí. Pero su presencia no queda relegada a un decorado secundario. De hecho, la esencia de uno de sus personajes principales queda intrínsecamente ligada a la construcción. El jorobado Quasimodo, un engendro castigado por la naturaleza y convertido en un monstruo patizambo, tuerto, sordo y feo, resulta marginado de la sociedad por sus múltiples defectos físicos y únicamente encuentra refugio como campanero de la catedral, oficio que le otorga la oportunidad de continuar su miserable vida aislado en ella. Así su existencia se justifica por la propia Notre Dame de París, allí desarrolla en soledad su infancia y juventud, integrándose con la construcción hasta tal punto que, a ojos del autor, si desapareciera Quasimodo irremediablemente se perdería el alma de la catedral.

Sin embargo, el autor dedica prácticamente un capítulo para reflexionar sobre la importancia de esta catedral, apartándose momentáneamente de la trama principal para verter sus pensamientos sobre el lector e intentar convencerlo así de que resulta imprescindible conservar hasta el último esculpido de la construcción, antes de que desaparezca su testimonio histórico del presente. Víctor Hugo demuestra ser consciente de algo que en la actualidad tiende a pasar desapercibido entre nosotros, y es la supremacía de la arquitectura sobre el resto de las artes en los siglos medievales. Y lo curioso es que lo ilustra mediante una comparación entre la imprenta de Gutenberg y la propia catedral.

Según Víctor Hugo, en la Edad Media “el poeta nacía arquitecto”, puesto que su creatividad solamente podía alcanzar su máxima expresión a través de la proyección de una catedral, a la que debían someterse tanto el programa escultórico que decoraban las fachadas como la decoración pictórica de la misma. A su entendimiento, la literatura que las antiguas civilizaciones comprendían no era la escritura, pues ésta solamente se enseñaba entre las altas clases sociales, sino la arquitectura: cualquier atisbo de pensamiento mínimamente complicado se imprimía en la piedra del edificio, porque se pretendía conservar en el futuro esas ideas que habían vislumbrado y no existía ninguna vía más duradera en el tiempo que aquella. Si uno piensa en la civilización romana y en su obsesión por exaltar la imagen del Imperio y perpetuar su grandeza en las páginas de la Historia, a través de su producción arquitectónica y escultórica, es fácil comprender a qué se refiere el francés:

“Todo pensamiento, sea religioso o político, tiene interés en perpetuarse, porque la idea que ha conmocionado a una generación quiere conmocionar a otras y dejar huella. ¡Y qué precaria inmortalidad la del manuscrito! ¡Un edificio es un libro mucho más sólido, duradero y resistente! Para destruir la palabra escrita bastan una antorcha y un turco. Para demoler la palabra construida, hace falta una revolución social”.

Hasta el siglo XV, él distingue entre dos tipos de arquitectura. Una de carácter teocrático y conservador, encarnada en la arquitectura hindú, egipcia y románica, cuya simbología remite a la unidad, a las clases privilegiadas y a Dios, y en las que no existe un afán de perfeccionamiento estético porque la conservación de la tradición artística y la completa abnegación al símbolo lo hacen innecesario. Y otra menor, que designa a la arquitectura fenicia, griega y gótica, que representa el hombre, el pueblo y su libertad, que aspira a una mayor originalidad y, por ello, deriva en una mayor riqueza y variedad artística, mostrando una evolución muy rápida en el paso de los siglos en comparación con las anteriores, y un lenguaje que “tiene algo de humano que mezcla sin cesar con el símbolo divino bajo el que todavía se producen […] cualquier alma, cualquier inteligencia, cualquier imaginación puede penetrar , simbólicos todavía, pero fáciles de comprender como la naturaleza”.

El ocaso de esa preeminencia de la que gozaba la arquitectura vino por la invención de la imprenta. Su potencial como vehículo transmisor de ideas se manifestó en la emancipación del pensamiento y la difusión desenfrenada de ideas por todo el continente. El protestantismo, que en su opinión sin la existencia de la imprenta para propagarse no hubiera sido más que un cisma local o una herejía, terminó por devastar Europa estallando en múltiples guerras que involucrarían a España, Francia, los Países Bajos e Inglaterra. “Fatal o providencial, Gutenberg es el precursor de Lutero”. Quizás sin la imprenta, Martin Lutero jamás hubiera conseguido expandir sus polémicos escritos más allá de las 95 tesis que, según la leyenda, clavó en las puertas del castillo de Wittemberg el 31 de octubre de 1517, como tampoco habría logrado la publicación de obras como Sobre el Papado de Roma o La cautividad babilónica de la Iglesia, en 1520.

Al perder su protagonismo como principal testimonio de la civilización que lo construyó, la arquitectura lentamente desaparece de la escena principal y se ve obligada a compartir su predominio con el resto de las artes. La emancipación del pensamiento acarreó también el reclamo de la autonomía de la pintura y la escultura, lo que originó que surgieran artistas con un perfil individualizado y un renombre que atrás no hubieran ostentado, o al menos no lo habrían conseguido por una vía alternativa a la arquitectura, como Miguel Ángel, Bernini, Rafael Sanzio o Leonardo Da Vinci. El pensamiento intelectual abandonó la arquitectura y se sumergió en la literatura, constituyendo desde entonces la principal fuente de conocimiento humano hasta nuestros días. Visto así, a Víctor Hugo le resultarían mudas la Torre Eiffel, las estaciones de metro de París, los rascacielos de Nueva York o la Michael erplatz de Loos. Serían proezas arquitectónicas vacías de contenido, un armazón hueco sin alma. Y así lo refleja en una reflexión sobrecogedora:

“A partir del siglo XVI la enfermedad de la arquitectura resulta visible; deja de ser esencialmente la expresión de la sociedad; se convierte miserablemente en arte clásico; pasa de ser gala, europea, indígena, a ser griega y romana, de ser auténtica y moderna, a ser seudo antigua. Esa decadencia es lo que llamamos Renacimiento”.

No es que el escritor francés fuese ignorante respecto de la gran belleza que envuelve a las obras artísticas que fueron engendradas a partir de la época moderna. Hasta entonces ofrecían un mensaje que las civilizaciones del pasado nos confiaron para conservarlo vivo en nuestros días, con la esperanza de que su espíritu perdurase en el recuerdo de las generaciones venideras, a través de símbolos y esculpidos que ilustraban sus aspiraciones. Y aunque es innegable que continuarían apareciendo mentes privilegiadas para la arquitectura, Víctor Hugo se lamenta de que los muros hayan quedado desprovistos de palabras, terminando por enmudecer con el paso de los siglos.

Fuente: Carlos Meléndez-Valdés Cutanda para "Papel de periódico"

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