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Hugo Delgado Cepeda, investigador guayaquileño

LA  HISTORIA   DEL   RELOJ   PÚBLICO  MUNICIPAL

Los marinos descubridores y los huancavilcas descubiertos, tenían los relojes en sus ojos con sólo mirar al sol, a la luna o las más conocidas estrellas, y como términos de comparación los cantos del gallo, rebuznos del burro, chacoteo de la pacharaca, cantos del ollero y el jinchil, llanto de la valdivia, y cien voces más de la naturaleza, audibles sólo en la paz silente de los campos y las aldeas.

LOS DOMINICOS

Los dominicos fueron los que pusieron el primer reloj de sol, relativamente público, pues lo tenían en el claustro de su convento y por el repetían ciertas horas en sus campanas, durante el día, por cierto.

Clepsidras o relojes de agua y ampolletas o relojes de arena traían generalmente los corregidores y otros personajes, y  servían para los horarios de sus faenas y trascendían naturalmente a las públicas en que ellos intervenían.

Reloj Público en 1870.

LOS AGUSTINOS

Los agustinos trajeron un hermoso reloj de arena de dos ampollas muy grandes y con un fácil mecanismo de balancín para darse su propia vuelta y volver a empezar a marcar la nueva hora. Eran las ampolletas como dos grandes bombas de vidrio o modo de los actuales focos de luz eléctrica o dos globos periformes que en posiciones opuestas se unían por sus pedúnculos, por un tubito de diámetro casi capilar por donde se filtraba la arenilla finísima pasando de una ampolla a la otra, estando ya calculados para que los últimos granos al caer marcaran el tiempo de una hora.

HABÍA MÁS PEQUEÑOS

Estos eran los mayores, de modo que había más pequeños para mesas, salas, dormitorios, etc. para media hora, cuartos y minutos. De modo que su servicio era relativo y había que estar muy atentos para ver su tiempo. Eran, pues, preferibles, como públicos y diurnos los de sol, aunque en los días nublados no fueran eficaces. En cambio los areneros servían para las noches, en casos de enfermos, al menos para las horas de medicación.

Con esto se arreglaron la vida en Ciudad Vieja. La última hora publicada era la de “queda” por las campanas de las iglesias, y la primera la de las cuatro de la mañana para la misa de alba.

En la Nueva, hasta 1695 el escribano y el portero del Cabildo calculaban por el sol, para instalar la sesión.

LOS JESUITAS

Los Jesuitas tuvieron en su convento una torrecilla con un relojito ya mecánico que era una maravilla entonces. Cuando se hizo el Real Baluarte, más abajo del Estero Carrión, por 1761, hubo también un parapeto con una campana que ayudaba a dar las horas, los repiques y los dobles.

RELOJ MUNICIPAL

Pero hasta 1770 el Cabildo dispone que el Mayordomo de Propios haga gestiones para conseguir un reloj de sol para los carpinteros que reconstruían la ciudad después de un incendio. Por 1790 ya teníamos  reloj municipal: el de los Jesuitas expulsados; pero tan malo  el pobre que a cada rato había que componerlo y gastarse en el los benditos tres mil maravedíes. Este reloj no daba horas, se limitaba su oficio a señalarlas, pero debajo  vivía el campanero que halaba la soga de una campana hasta la hora de la “queda” y es de suponer las parejas que correrían las campanas con los punteros si la hora pillaba al tira cuerda en alguna otra ocupación.

EL PRIMER ARTÍFICE RELOJERO

En 1799 aparece el primer artífice relojero, así se llamaba don José Muñoz, quien pide 8 pesos por componer el reloj público. Pero el artífice, no lo dejó bien, porque pocos meses después vuelve a pedir 25 pesos por lo mismo. La cárcel, el rastro y el reloj son de aquí en adelante por muchos años, tres sangrías permanentes del Cabildo.

Este reloj había quedado en su torrecilla en la llamada Casa de las temporalidades, nombre que daban a sus propiedades los Jesuitas. Allí estaba todavía hasta por 1782.

Torre Morisca con el reloj en el Malecón 2000.

TORRES PARA EL RELOJ

En 1783 el Cabildo hizo construir por el maestro Salvador Sánchez Pareja, una torre para su reloj, junto a la casa del Cabildo, que era la de los Jesuitas, en donde funcionaba. Costó 600 pesos y se le llamó la Torre de la Campana. Cuando estuvo terminada, el Gobernador presentó al Cabildo “una lámina de madera en que estaban esculpidas las armas del Rey, hermoseadas de varios matices y pinturas finas de diversos colores, para que el Ayuntamiento, en su nombre, la fijara en la Torre de la Campana”.

La casa que fue de los Jesuitas la compró en 1800 don Santiago Espantoso, pero como no  habían entrado en la compra la torre, ni la campana, tampoco le convenía a Espantoso que cada hora lo espantaran halando la soga y tocándole la campana y así los representó al Cabildo.

Este, en vista de lo necesaria que era esa campana para regir las actividades de la población ya acostumbrada a ella, decidió vender la torre, que era anexa, en 300 pesos y con su producto armar otra torre en lugar adecuado, pues desarmarla era más costoso. Pero después resolvió hacer de una vez el parapeto de la nueva torre en la nueva Casa de Cabildo, que se estaba construyendo.

El campanero ganaba dos reales diarios por dar todas las horas. La campana había costado 51 pesos con 5 reales. Hasta colocarla en la torre de la nueva casa se le fijó en uno de los estantes ya parados, a fin de que sirviera de auxiliar a su reloj mudo y maluco. Al Gobernador Aguirre Irizarri debió el Municipio su primer reloj. En 1804 el Procurador, cansado del reloj viejo, expresa la necesidad de adquirir uno nuevo.

Hubo que pedir la autorización a la Audiencia. Venida esta, se autorizó al mismo funcionario para que ajustara precio y detalles, pero no hay datos de que se trajera o no.  Por 1808 era su relojero don José Muñoz, a quien se le pagaron 20 pesos  para componerlo. Años después se pagan a don José Núñez, quizá es el mismo Muñoz, 16 pesos  por otra compostura, previo permiso de la Audiencia. El Gobernador pidió que se nombrara un relojero permanente que compusiera el maltrecho horario que tan frecuentemente se descomponía.

Lo cierto es que hasta 1816 se paga al relojero José Ramos 10 pesos por reparación. En 1819 es urgentísima la refacción de la torre de la Casa Consistorial, en donde estaba la campana.

Así viejo y todo ese reloj o esa campana sonó las gloriosas horas de la independencia. El año 1822 pide el Síndico que el reloj Municipal se pase al segundo cuerpo de la torre por hallarse malo el piso primero y que se reparen las faltas del reloj y de dicho piso y se le ponga al campanero un sueldo de 15 pesos en vez de 12 que ganaba. En 1825 era campanero Manuel Rivera y ganaba 20 pesos. Pidió aumento de sueldo por su trabajo de velar día y noche para dar las horas. No era poco trajín el del campanero.

En 1827 don Manuel Vítores comunica “que hay en venta en un almacén un buen reloj grande de campana, barato, y que conviene se adquiera para reemplazar el viejo que casi no sirve y además exige tener un campanero que no siempre da fielmente las horas, con lo cual trastorna todo”. Se acuerda proveer los medios para adquirirlo.

En 1828 fue nombrado campanero José Ramos, con obligación de tener en marcha corriente el reloj. Probablemente no se pudo comprar el otro, porque en 1829 vuelve a ofrecerse en venta un reloj y se admite el pago con interés.

En 1839, el comerciante español Manuel Antonio de Luzarraga muy querido entre la gente de esa época por su filantropía, hizo la importación de un reloj a Londres, al fabricante Santiago Moore French.

VICENTE ROCAFUERTE, GOBERNADOR DE GUAYAQUIL

Siendo Gobernador de Guayaquil don Vicente Rocafuerte,  inauguró un 9 de Octubre de 1842, el  histórico Reloj Municipal, que por muchos años se llamó  “público”, por ser el único que ocupó una primera torrecita estilo moscovita sobre el techo de la Casa Municipal, costado norte.

Ese tiene campana propia y cuatro esferas iluminables. Mucho antes de incinerarse la casa en 1908, había sido desmontado por vejez de la torre y colocado en la segunda torrecita que se hizo en el cuerpo de un mercado provisional que se construyó frente al Cabildo sobre el río y junto al muro del Malecón.

Desarmada esa ramada se le hizo una tercera torre especial en donde hoy está, sobre el muro del Malecón, frente al Municipio y que duró poco por no resistir la trepidación constante de su suelo con el activísimo tráfico de vehículos en esa calle. Por casualidad se salvó el reloj en el súbito desmoronamiento de su caja precisamente. El cuerpo inferior de ese torreón estuvo aprovechado en una instalación de servicio higiénico público. El reloj fue depositado en una bodega municipal hasta que se le hizo la nueva y cuarta torre, en 1930. Es una reliquia que debió reinstalarse muy propiamente en el mismo elegante palacio municipal, su compañero de tantos años, pues no desmerece en nada de los modernos horarios.

Su campana es clara, sonora y armoniosa, pues fue pedido con la condición de que se oyera a una legua de distancia, pero el histórico Reloj Municipal que tantas horas emocionales ha marcado para Guayaquil, va para los 176 años. 

La Torre Morisca, que bellamente ostenta, se reinauguró el 21 de julio de 1994 con la presencia del Alcalde León Febres Cordero y el Vicealcalde Luis Chiriboga Parra, convirtiéndose en un monumento que no puede faltar en el paisaje guayaquileño.

Es el primero en atraer las miradas del inmigrante o del transeúnte, es el primer punto de descanso y saciedad para la ávida mirada del guayaquileño que vuelve a sus riberas tras la ausencia forzada o voluntaria.

Este reloj marcó las horas de nuestros próceres sobrevivientes, las horas del colegio y las de los deberes de tantas generaciones, las de las partidas triste y de la gozosa vuelta, las de las penas y los goces de nuestros antepasados de cuyos esfuerzos, por ti medidos y ordenados, surgió el Guayaquil, que hoy nos sustenta.

Cabe destacar que existieron otros relojeros: don Agustín Pestana, que se anunciaba así “Relojero de profesión avisa a este respetable público su próxima llegada desde Europa. Quien lo necesite lo hallará en su tienda, calle del Comercio, casa de los señores Vítores”.

También don Lorenzo Combe, después Camba, “Francés fabricante y compositor de relojes, avisa su próxima  llegada y establecimiento en una tienda de la plaza del mercado, frente a la Casa de Gobierno”, y don Pedro Jeunot que también se estableció por esa época.

 

 

 

 

 

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