3753608644?profile=RESIZE_710xEn este escritorio de madera, lleno de cosas, desordenado, mis pensamientos me llevan a jugar con ellos y cuando empiezo a disfrutar de este juego encapsulador, un ápice de distracción me invita a seguir otro camino. Entonces, empiezo a redibujar en mi mente aquellos momentos  de mi niñez que, de alguna manera, permitan mirarme. No creo que los humanos estemos predeterminados, pero sí es cierto que mirar los eventos de nuestras vidas también ayuda a entendernos.

Desde mis primeros años siempre tuve miedo de estar rodeado de mucha gente, no sabía qué decir, qué hablar, qué contestar, qué preguntar. Lo que hablaba la gente me parecía demasiado importante como para no callarse. Iba, a veces, casi por obligación a reuniones comunitarias y familiares, pero no me divertía, al contrario, me cansaba mucho prestar atención a las diferentes voces. El ruido siempre me perturbó. Entre la turba de voces, siempre me fue complicado distinguir las voces.

 Entonces, fui creciendo y pensando que salir de estos círculos ruidosos era una estrategia interesante y así fue como lo hice. Empecé a jugar en las pampas, en los campos, solo acompañado de algunas piedrecillas o una pelota de fútbol. Cuando fui a la escuela primaria mi tendencia a la soledad fue creciendo, iba solo y regresaba solo. Tal vez mi sensibilidad me invita a compartir espacios internos de una manera más profunda. Las cosas eran extrañas para mí. Terminé la primaria y fui al colegio secundario. Nunca tuve varios amigos, solo dos o tres. Rehusaba participar en celebraciones a las que iba mucha gente o si iba me ponía en un lugar alejado de ellos, solo para observar y escuchar. Entonces, estar acompañado significaba estar solo conmigo mismo.

Así fui creciendo. Hoy también rehúso participar de festividades con mucha gente, me perturba, me causa pavor, me da miedo. Mi timidez se acrecienta cada vez más. Por eso me siento solo  cuando estoy rodeado de mucha gente y me siento acompañado cuando estoy solo. En un colegio, una vez me preguntaron si tenía algún problema con las relaciones sociales y yo dije que no tengo problemas con los demás, tengo problemas conmigo mismo, por eso necesito estar conmigo mismo. Por eso es que yo detesto las multitudes. Me llama, poderosamente, la atención que las multitudes siempre sonríen, todos están alegres, todos conversan, todos se abrazan, todos se elogian, se miran, se auguran aventuras formidables y siempre están dispuestos a encontrarse, de nuevo. Casi nunca están tristes y en sus rostros, cada vez que dicen algo, se nota una convicción irrefutable.

Me siento solo en un escritorio para llorar, a veces, sin tener razones para hacerlo, pero paradójicamente es allí cuando nacen las alegrías más profundas. Siento que estar rodeado de mucha gente, me enferma, me distrae, me inserta en espacios  turbulentos. Intento apartarme del mundo estando en él, intento vivir en el mundo sin vivir de este mundo. Un filósofo decía que el sentido de este mundo no se encuentra en este mundo.

En estos días, los viajes que más disfruto es viajar a mí mismo.

 

Roli Marín Tapia

Redactor Prensamérica Perú

Recientemente...

contador de visitas gratis Histats.com © 2005-201