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En la Biblia existe una parábola muy conocida: La Torre de Babel. Todo el mundo tenía el mismo idioma y usaba las mismas expresiones, nos dice el relato. El texto continúa diciendo que un grupo de personas llegan a una llanura de la región de Sinear y se establecen allí. Luego, este grupo decide construir una ciudad con una torre que llegase hasta el cielo y así hacerse famosos y andar desparramados por el mundo. Yavé baja para ver lo que han construido y decide confundir el lenguaje de éstos habitantes de modo que no se entiendan los unos a los otros y así los dispersó. El relato termina diciendo que se llamó Babel porque allí Yavé confundió el lenguaje de los hombres.

He leído esta comparación con ahínco,  curiosidad y creo que resuena dentro de mí no solo porque me permite auscultar mis mundos internos, sino porque también me habla de nuestros tiempos presentes y actuales. Una parábola que adquiere actualidad en nuestra sociedad.

“Al inicio todos hablaban una misma lengua” parece ser el reflejo de la comprensión, del entendimiento entre unos y otros. Hablar una misma lengua significa, de alguna manera, concebir lo que el otro quiere decir o desea, lo cual puede significar adentrarnos en el entendimiento de los espacios individuales, culturales y sociales que el Otro nos quiere transmitir. Pero esta tarea, loable por cierto, requiere de desprendimiento y de la capacidad de conocer y dejarnos conocer. “Usaban las mismas expresiones” podría significar que uno forma parte de una comunidad concreta como un espacio para compartir experiencias. Y es que se usa las mismas expresiones cuando nos conocemos, cuando habitamos ese mismo espacio y cuando compartimos los mismos devenires culturales.

Algunos autores dicen que el lenguaje está hecho para confundirnos, pero ¿el entendimiento entre unos y otros pasa solo por el lenguaje?

De pronto, los habitantes, cuenta la parábola, “deciden construir una ciudad con una torre muy grande para ser famosos y andar por el mundo”. Probablemente, es aquí donde empezamos a confundirnos, porque construir una torre alta es un deseo plausible, pero construirla para ser famosos y andar por el mundo es un objetivo carente de análisis y reflexión. La tragedia de la convivencia humana empieza cuando intentamos construir nuestras torres sin percatarnos de las pequeñas casas que habitan alrededor. El entendimiento entre seres humanos radica en entender no solo nuestros mundos, sino también los mundos de los Otros. Porque como ya es sabido, cuando se intenta construir las torres de nuestros sueños y deseos sin entender las pequeñas habitaciones de los Otros, terminamos sin comprender a dónde queremos llegar y nuestras torres se derrumban. Entonces, vivimos en el mismo espacio  y hablamos la misma lengua pero no nos entendemos. “Una torre que llegue hasta el cielo” significa construir posibilidades solo para unos, mientras que otros siguen sumergidos en la exclusión y solo son necesitados cuando se hace necesario cargar los ladrillos para construir la torre.

El texto señala que “Yavé decidió confundir y dispersar a los habitantes”. Probablemente, este el punto culminante de una comunidad sin comunión: vivir dispersados. Esto nos induce a pensar en la desestructuración de los lazos comunitarios. Aquí los vínculos no existen más, ya que hemos dejado de ser nosotros mismos. La comunidad carece de armonía, el cordón umbilical se ha roto, entonces, ya no existe aquél “algo” que permite fusionar a la comunidad. Vivir dispersados, también significa que los habitantes de una comunidad ya no tienen nada en común que les haga sentirse parte de un todo.

¿Acaso esta parábola no es el reflejo vivo y martilleante de nuestra sociedad, de nuestras comunidades? ¿Acaso no hemos intentado construir alguna vez torres inmensas, en vez de construir pequeñas casas con cimientos inquebrantables? ¿Acaso no es esta parábola el reflejo vivo y parpadeante de nuestro país? 

Roli Marín Tapia

Redactor Prensamerica Perú.

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