El cuarto también era muy elegante, amueblado con piezas finas que revelaban el gusto refinado de sus ocupantes. Una vez que salieron del túnel, el gringo procedió a cubrir la entrada con una alfombra persa, idéntica a la que tenían en la casa de las playas de Tijuana. Después los invitó a sentarse mientras llegaba el carro de sitio. Les ofreció una soda fría y unas papitas de marca desconocida para ellos, cuyos nombres, escritos en inglés, delataban su procedencia estadounidense.
—¡Bienvenidos a América! —les dijo el gringo, con una sonrisa de satisfacción.
Transcurrió media hora, que aprovecharon para conversar con Luciano. Este les contó que trabajaba para Salvatore Lucania, que el negocio le iba de maravilla y que pertenecía a la mafia siciliana. Habló con especial orgullo de la prima de los muchachos, a quien llamaban cariñosamente «Rosa la Pollera».
—Queremos mucho a su prima. En los veinte años que lleva trabajando con nosotros, nunca nos ha fallado ni traicionado. Es un elemento extraordinario, una mujer de palabra. Nosotros metemos las manos al fuego por ella y le tenemos toda la confianza del mundo.
Luego dirigió su atención al jovenzuelo, que lo escuchaba con una mezcla de curiosidad y asombro.
—Todavía estás algo pequeño, bambino, pero cuando cumplas los dieciocho años, dile a tu prima que quieres trabajar con nosotros. Con mucho gusto te daremos empleo. Serías parte de nuestra familia. Al fin y al cabo, eres primo de nuestra prima, y, como dice el refrán, «primo de nuestra prima también es nuestro primo». Así decimos en Sicilia, de donde venimos.
Luciano hizo una breve pausa antes de continuar. Su expresión adquirió una seriedad que contrastaba con el tono amistoso de sus palabras.
—Eso sí, quiero que tengas algo muy claro: si decides trabajar para la familia, después ya no podrás salirte. Nosotros, los de la mafia siciliana, hacemos un contrato de por vida. Lo sellamos con sangre y solo la sangre puede deshacerlo. ¿Me capisci, bambino?
El muchacho no respondió. Se limitó a mirar a Luciano, tratando de comprender el verdadero significado de aquella advertencia.
En ese momento se escuchó afuera el ruido de un motor. El gringo se puso de pie y les indicó que había llegado la hora de partir.
—Bueno, muchachos, es tiempo de continuar el viaje. Buen camino. Ya conocen todas las instrucciones, así que no tienen por qué preocuparse. Solo quiero que recuerden algo: el taxista trabaja para nosotros. Si algún agente de inmigración lo detiene, él permitirá que los revisen. Cuando el agente vea las maletas rojas, sabrá que ustedes trabajan para don Salvatore y no les pondrá ningún inconveniente. Casi todos los agentes que trabajan hoy están en la nómina de mi jefe. Tenemos comprados a muchos funcionarios mexicanos y también a gringos.
Los jóvenes escucharon aquellas palabras con asombro. Todo parecía estar cuidadosamente organizado, como si aquella travesía no fuera más que un viaje ordinario para personas que contaban con todas las garantías. Sin embargo, detrás de aquella aparente tranquilidad se escondía una maquinaria mucho más compleja de lo que podían imaginar.
Subieron al taxi, que los condujo rumbo a la central camionera de San Diego. El trayecto transcurrió sin contratiempos y, al llegar, el chofer los dejó frente a la entrada. No tuvieron que pagarle: alguien ya se había encargado de cubrir el importe del viaje. La mafia había dispuesto cada detalle para hacerles más cómoda la travesía.
Una vez dentro de la terminal, Dulce miró a su acompañante y le preguntó:
—Cristian, ¿en qué carril sale el camión para Los Ángeles? Tú sabes inglés, ¿verdad?
El muchacho revisó los boletos que llevaban en las manos.
—En el carril cinco. Sale dentro de media hora —respondió.
Ambos se sentaron en la sala de espera para hacer tiempo. Mientras aguardaban, varios agentes de inmigración entraron en la terminal, recorriendo el lugar en busca de personas indocumentadas. No pasó mucho antes de que dos de ellos se acercaran a los jóvenes.
—¿Traen papeles? —les preguntaron en español.
Dulce y Cristian recordaron las instrucciones que Terry y su prima les habían dado. Sin titubear, respondieron:
—Sí, aquí están, dentro de las maletas. Déjenos buscarlos.
Acto seguido, acercaron las maletas rojas, tal como les habían indicado. Los agentes apenas necesitaron echarles un vistazo para comprender de quiénes se trataba. Entonces, en un perfecto español, les hicieron una pregunta inesperada:
—¿Trabajan para don Salvatore?
Los jóvenes se miraron por un instante y contestaron:
—Es nuestro tío. Somos de la misma familia.
Al escuchar la respuesta, los agentes cambiaron de actitud. En lugar de interrogarlos, se dirigieron a comprarles un lonche y un refresco a cada uno. Cuando regresaron, se los entregaron con una amabilidad que contrastaba con la severidad que habían mostrado al acercarse.
—Tengan, muchachos. Nosotros vamos a esperar para asegurarnos de que no pierdan el camión y aborden el correcto. No se bajen por nada del autobús hasta llegar a Los Ángeles. Allí los estarán esperando otros agentes de inmigración. Ellos recogerán las maletas, pondrán sus pertenencias en otra y después llamarán un carro de sitio para llevarlos hasta la puerta de su domicilio.
Todo parecía funcionar con una precisión asombrosa. Los muchachos no tenían que preocuparse por los boletos, el transporte ni los controles migratorios. Otros se encargaban de cada detalle, mientras ellos se limitaban a obedecer las instrucciones recibidas.
Finalmente, abordaron el autobús de Greyhound con destino a Los Ángeles. El cansancio acumulado durante las últimas horas, sumado quizá al efecto de las pastillas que les habían dado para los nervios, hizo que ambos se quedaran dormidos. Cuando despertaron, el autobús ya estaba entrando en la ciudad.
Al llegar a la central camionera de Los Ángeles, descendieron y encontraron a dos agentes de inmigración que los aguardaban. Estos se acercaron y, hablando en perfecto español, les pidieron las maletas rojas. Sin dar mayores explicaciones, extrajeron sus enseres personales y los acomodaron en una maleta nueva, de color verde. Después se llevaron las rojas.
Acto seguido, los condujeron hasta un carro de sitio que ya estaba esperándolos. Los agentes proporcionaron al chofer la dirección de sus familiares y le ordenaron llevarlos directamente hasta allí. El taxista, que también hablaba un español impecable, comenzó a conversar con ellos durante el trayecto.
—Yo trabajo para don Salvatore —les explicó con naturalidad—, igual que los agentes de inmigración de San Diego y de Los Ángeles. También trabajan para él los dueños de las casas donde está el túnel. Todos formamos parte de la misma organización.
El muchacho, que llevaba un buen rato dándole vueltas al asunto, aprovechó la confianza que parecía inspirarle aquel hombre para formular la pregunta que le rondaba la cabeza.
—¿Por qué nos recogieron las maletas rojas?
El taxista sonrió antes de responder.
—En circunstancias normales, no podría contestarte esa pregunta. Sin embargo, don Salvatore Lucania me llamó personalmente y me dijo que, si me preguntabas, te dijera la verdad. Según él, ya te considera parte de la familia.
Hizo una pausa y continuó:
—Esas maletas tienen doble fondo. Por lo general, quienes cruzan de esta manera nunca llegan a enterarse de lo que llevan. Ustedes van a ser los primeros en saberlo, y tal vez los únicos, gracias a la confianza que le tenemos a Rosa la Pollera, su prima.
El taxista los miró por el retrovisor, disfrutando de la expectación que había despertado.
—Ustedes trajeron en esas maletas rojas un cargamento de cocaína. Cinco kilos en cada maleta. Por eso se las recogieron.
Y soltó una carcajada.
Dulce abrió los ojos con incredulidad, mientras Cristian parecía incapaz de encontrar las palabras adecuadas para expresar su sorpresa. Hasta ese instante, habían creído que las maletas eran simplemente parte del equipaje necesario para su viaje. Ahora comprendían que, sin saberlo, habían servido de transporte para una mercancía que podía acarrearles consecuencias mucho más graves de las que jamás imaginaron.
—¡A caaaaray! ¿Cómo? —exclamó Dulce, todavía sin salir de su asombro.
Cristian, por su parte, miró hacia el lugar donde habían estado las maletas rojas y murmuró:
—¡Con razón estaban algo pesadas!
El taxista volvió a reír, como si la ingenuidad de los jóvenes le pareciera la cosa más divertida del mundo. Después, mientras el automóvil avanzaba por las calles de Los Ángeles, les dirigió unas palabras que pretendían sonar como una bienvenida, aunque encerraban una ironía difícil de pasar por alto.
—Bienvenidos a los Estados Unidos de América, muchachos: tierra de libertad, democracia, sexo, rock y drogadicción.
Y siguió riéndose mientras el taxi se perdía entre el tráfico de la ciudad.
Prensamérica Internacional© ha limitado los comentarios en este sitio. Puedes comentar directamente aquí:
Ir a Contacto
