El fervor con el que sectores afines al oficialismo demandan condolencias y respeto por el fallecimiento de Michele Sensi-Contugi contrasta con el silencio y la indiferencia ante tragedias que no gozan de privilegios estatales. Mientras la clase política se desborda en mensajes institucionales para los altos círculos del poder, impera el olvido frente a las dos hijas huérfanas de la activista Mónika Silva, cuyo cuerpo permaneció semanas en una morgue tras ser desvivida por denunciar redes de corrupción sin haber contado jamás con resguardo oficial.
Esta doble moral evidencia que la empatía en la esfera pública no es universal, sino selectiva y conveniente: se ensalza a quienes manejaron el aparato estatal, pero se ignora con desdén la memoria de quienes dieron la vida fiscalizando los abusos del poder.
