Captar la atención de jóvenes de quince o dieciséis años nunca ha sido fácil. Bueno, tal vez siempre fue difícil. Uno puede entrar al aula dispuesto a hablar de lenguaje, pero basta mirar algunas caras para comprender que está compitiendo con el celular, el partido de fútbol, la conversación de la carpeta de al lado y, sobre todo, con las ganas de que llegue la hora de salida.
Así que había que buscar caminos distintos.
A veces comenzaba con una pregunta:
—¿Saben cómo se llama el mueblecito que está al lado de vuestra cama?
Silencio.
Alguno miraba al compañero. Otro levantaba los hombros. Hasta que, finalmente, alguien decía:
—¡Velador!
—Muy bien —respondía yo—. Pero ahora viene la pregunta importante: ¿por qué se llama velador?
Y allí comenzaba el viaje.
Imaginábamos un mundo sin electricidad. Al caer la noche, había que encender velas para ir al baño, y lámparas o quinqués para leer. Cerca de la cama había un pequeño mueble donde se colocaba aquel adminículo de metal que sostenía la vela. El velador cumplía su función: acompañaba la noche, velaba junto al durmiente.
Hasta que un día llegó la electricidad.
Y el mundo se alegró.
Las casas se iluminaron, las calles se llenaron de luz y bastaba apretar un interruptor para que la oscuridad saliera corriendo.
Todos felices.
Bueno, todos no.
El pobre velador se dio cuenta de que aquella maravillosa luz eléctrica sería su desgracia y lo sumiría en la profundidad del olvido. Si ya no se necesitaban velas, ¿qué sería de él?
El velador, el objeto original, terminó desapareciendo. Pero su nombre no quiso seguir la misma suerte.
La palabra VELADOR se sublevó.
—¡Yo no me voy!
Y se aferró al idioma con uñas y dientes. Buscó dónde quedarse, abandonó al viejo adminículo que sostenía la vela y se posesionó de la pequeña mesa junto a la cama.
—Esta me sirve.
Y allí se instaló.
Desde entonces, en muchos hogares del Perú, seguimos llamando velador a la mesa de noche, aunque ya no sostenga una vela ni tenga que velar por nadie.
Pero el velador no es el único rebelde.
Hay palabras que han demostrado una extraordinaria capacidad para sobrevivir a los objetos que alguna vez nombraron.
Por ejemplo, guardar un archivo.
Antes, guardar un archivo era guardar papeles. Un archivo podía ser una carpeta grande donde se colocaban hojas y documentos que debían conservarse. Había cajones, archivadores, carpetas y papeles que uno podía tocar.
Llegó la computadora y todo aquello comenzó a desaparecer.
Ahora escribimos un documento que no tiene hojas, no tiene tinta y que nadie puede agarrar con las manos. Terminamos el trabajo, hacemos clic en un pequeño símbolo y decimos:
—Ya lo guardé.
¿Dónde?
Quién sabe.
En una carpeta que tampoco existe físicamente, dentro de un archivo que tampoco podemos abrir con las manos.
Pero la palabra guardar sobrevivió.
Se mudó del mundo de los papeles al mundo digital.
Otro caso es carro.
—¿Cómo llegaron hoy al colegio?
—En carro.
Entonces uno podía preguntar:
—¿Y dónde dejaron el caballo?
Porque el carro fue durante mucho tiempo un vehículo con ruedas movido por animales. Después llegó el motor, desaparecieron los caballos y apareció el automóvil.
El mundo cambió.
La palabra, no.
El carro antiguo miró al automóvil, vio que también tenía ruedas y decidió que aquel nuevo invento podía llevar su nombre.
Y se subió.
Finalmente está página.
La página nació en el mundo de los libros. Era una hoja de papel con palabras impresas que podíamos tocar, doblar, subrayar y hasta arrancar, aunque esto último siempre fuera una pequeña tragedia para el libro.
Pero llegó Internet.
Y ahora entramos en una página web.
¿Dónde está la hoja?
No hay hoja.
No hay papel.
No hay tinta.
No podemos pasarla con los dedos ni arrancarla para envolver un regalo.
Sin embargo, seguimos llamándola página.
La palabra hizo las maletas, abandonó el papel y se fue a vivir a una pantalla.
Y quizá eso sea lo más fascinante de las palabras: no siempre mueren cuando desaparecen las cosas que les dieron origen.
A veces se resisten.
Cambian de casa, cambian de oficio, cambian incluso de significado, pero encuentran la manera de permanecer.
El pueblo es quien, finalmente, decide cuáles sobreviven. No hace falta una ceremonia, una votación ni un decreto, ni siquiera el permiso de las autoridades de la lengua. Basta con que millones de personas sigan pronunciándolas. El uso las mantiene respirando.
El diccionario puede registrar la vida de una palabra, pero quien decide si seguirá viva es la boca de la gente.
Por eso me gustan tanto estas palabras.
Porque tienen algo de nosotros.
Cuando el tiempo les derriba la casa, no necesariamente desaparecen. Buscan otra. Cuando una costumbre las deja sin trabajo, encuentran otro oficio. Cuando el mundo cambia, ellas también cambian.
Tal vez por eso algunas palabras se parecen tanto a las personas.
No sobreviven porque permanezcan iguales. Sobreviven porque saben cambiar.
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