Por: Ramiro Beltrán para Prensamérica Internacional©.
La salud pública ecuatoriana no atraviesa una crisis accidental, es una enfermedad llamada indiferencia; enfrenta un peligro provocado por decisiones políticas (neoliberalismo); porque cuando un gobierno recorta recursos, despide personal y deja hospitales sin medicinas, ya no estamos frente a errores administrativos, sino frente a una definida política irresponsable de Estado.
El diagnóstico es innegable: cerca de 10.000 vacantes permanecen sin cubrir en el sistema nacional de salud e IESS; miles de ecuatorianos esperan durante meses una consulta, una cirugía o un tratamiento, mientras más del 40 % de los medicamentos presenta problemas de abastecimiento, al parecer, para algunos, la paciencia de los enfermos se ha convertido en un indicador de eficiencia.
Durante estos años se ha repetido el mismo libreto: ajuste fiscal, reducción del Estado y debilitamiento de los servicios públicos, lo llaman “modernización” y lo representan como eficiencia, los ciudadanos lo viven como “abandono”; los hospitales lo traducen en camas vacías, profesionales despedidos y vidas que esperan demasiado; y cuando un derecho se deteriora deliberadamente, siempre aparece alguien dispuesto a ofrecerlo como negocio.
La salud no puede medirse por balances financieros, sino por vidas salvadas, por niños atendidos, por adultos mayores protegidos, y por trabajadores que reciben atención digna.
Un Estado que abandona la salud termina enfermando la democracia. – Hoy no basta con indignarse, es tiempo de organizarse, es tiempo de defender la salud pública, la seguridad social y la dignidad humana; porque los derechos no desaparecen de un día para otro, primero se debilitan con el silencio y después se pierden con la indiferencia.
Que el Ecuador escuche una sola voz: la salud no se vende, la salud se defiende; la seguridad social no se negocia, es patrimonio del pueblo y derecho irrenunciable de las presentes y futuras generaciones.
