Hermano Federico

Dr. Miguel Rojas Pizarro
5 minutos de lectura

A 90 años del asesinato de Federico García Lorca.

Federico, hermano mío,

noventa años han pasado

y todavía sigues andando.

Te llevaron una noche

por los caminos de Granada,

con la luna entre los montes

y la muerte preparada.

Quizás fue la misma luna

que acompañaba a tus gitanos,

la que vio pasar tus pasos

por aquel último camino.

Creyeron que unos fusiles

bastaban para matar un canto.

No entendieron que se mata un cuerpo,

pero jamás un sueño.

Te mataron, Federico,

pero te nacieron hermanos:

en España, en Chile,

en las escuelas y los campos,

entre obreros, mujeres y poetas.

También quisieron encerrarte

como a las hijas de Bernarda Alba:

cerrar puertas, imponer silencio.

Pero la poesía sabe escapar.

Hoy los fusiles se han oxidado

y los verdugos se marcharon.

Tú permaneces en cada libro,

en cada teatro, en cada niño que lee.

Noventa años después, Federico,

la luna sigue sobre Granada.

Y nosotros, tus hermanos,

seguimos pronunciando tu nombre.

No pudieron enterrarte, Federico.

Porque para enterrar a un hombre

basta una fosa.

Pero para enterrar su palabra

tendrían que enterrarnos a todos.

Y aquí estamos, hermano.

Todavía leyendo.

Todavía recordando.

Todavía contigo.

Epílogo

La muerte de Federico García Lorca nos enfrenta a una de las contradicciones más profundas de la intolerancia: creer que eliminando al hombre es posible eliminar también aquello que representa. Quienes recurren a la violencia suelen imaginar que el silencio impuesto al cuerpo terminará extendiéndose sobre las ideas, los sueños y la memoria. Sin embargo, la historia demuestra muchas veces lo contrario: los asesinos pueden vencer sobre el cuerpo, pero fracasar frente al símbolo.

Hay algo del antiguo Calvario que vuelve a aparecer cada vez que una sociedad condena a un ser humano por aquello que piensa, crea, representa o simplemente por ser diferente. No porque Lorca pueda compararse con Cristo, sino porque el Calvario permanece como una imagen universal del sufrimiento humano: el inocente frente a sus acusadores, la soledad ante la violencia, el cuerpo derrotado mientras aquello que representa comienza, paradójicamente, a hacerse más grande.

Jesús fue llevado hacia una cruz. Federico fue conducido por los caminos de Granada hacia un lugar del que nunca regresaría. Entre ambos acontecimientos existen siglos, creencias y circunstancias completamente diferentes. Pero permanece una pregunta incómoda: ¿por qué los seres humanos seguimos necesitando crucificar aquello que no comprendemos?

Noventa años después, sabemos que las balas pudieron terminar con la vida de Lorca, pero fueron incapaces de terminar con su palabra. Sus verdugos consiguieron el silencio de una madrugada; Federico conquistó la memoria de generaciones.

Quizás ese sea el fracaso definitivo de toda intolerancia. Puede levantar cruces, cavar fosas, disparar fusiles y prohibir palabras, pero no puede controlar aquello que ocurre después en la conciencia de los hombres.

Por eso recordar a Lorca no significa solamente recordar a un poeta asesinado. Significa preguntarnos cuántos calvarios seguimos construyendo cuando convertimos al diferente en enemigo.

Porque mientras exista un ser humano perseguido por pensar distinto, amar distinto, crear libremente o negarse a vivir de rodillas, el camino hacia el Calvario seguirá abierto.

Y tal vez nuestra tarea más humana sea, de una vez por todas, dejar de buscar a quién crucificar y comenzar, sencillamente, a reconocernos como hermanos.

Miguel Ángel Rojas Pizarro

Psicólogo Educacional, profesor de Historia y Geografía y psicopedagogo. Académico y escritor chileno, vinculado al ámbito de la educación pública. Autor de Aún tenemos pedagogía, ciudadanos y Manual Definitivo del PME. Su escritura aborda educación, memoria, cultura y dignidad humana desde una perspectiva reflexiva y humanista.

Contacto: psmiguel.rojas@hotmail.com

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