La muerte termina una vida; el olvido puede borrar incluso su significado.

Miguel Ángel Rojas Pizarro
Psicólogo – Profesor de Historia – Psicopedagogo. @Soy_Profe_Feliz – psmiguel.rojas@hotmail.com
Este año, al cumplirse 53 años del golpe de Estado, el Gobierno del presidente José Antonio Kast decidió no realizar una conmemoración oficial. Podría quedarme en la molestia que me produjo esa decisión, pero sería detenerme en la superficie. Los gobiernos pasan. La pregunta más profunda es: ¿cuándo una sociedad comienza a olvidar?
¿Cuándo dejamos de conmemorar a quienes murieron? ¿Cuándo falta la primera conmemoración de nuestros deudos, dejamos de llevar flores o nadie pronuncia su nombre en la mesa familiar? ¿Cuándo una lápida se empolva y se marchitan las flores? El olvido no llega de golpe. Avanza lentamente, casi sin hacer ruido. Primero dejamos de reunirnos; luego desaparecen las flores; más tarde los testimonios quedan reducidos a unas líneas en un libro. Finalmente nace una generación para la cual esos nombres ya no representan un rostro o una tragedia, sino apenas una fecha para una prueba.
Chile ya recorrió ese camino. La Guerra Civil de 1891 enfrentó a chilenos contra chilenos y dejó miles de muertos. En Concón, Placilla y Lo Cañas corrió sangre de compatriotas y hermanos de una misma patria. Familias enteras quedaron quebradas por heridas que nunca fueron conversadas del todo.
Después de la derrota, el presidente José Manuel Balmaceda se refugió en la Legación Argentina. El 19 de septiembre de 1891, un día después de concluir su mandato, decidió quitarse la vida. Dejó una defensa de sus actos y la esperanza de que la historia comprendiera mejor su proyecto.
Durante un tiempo, aquella tragedia permaneció viva. Había sobrevivientes, viudas, hijos y comunidades que reconocían los lugares donde se derramó sangre. Pero esas personas fueron muriendo y los relatos comenzaron a apagarse. Hoy Balmaceda aparece brevemente en los textos escolares y la guerra civil suele resumirse como un conflicto entre el presidente y el Congreso. En Concón permanece un monolito, pero para muchos es solo una piedra envejecida en la carretera, separada del sufrimiento que representa.
¿Cuándo dejaron de ser nuestros muertos los muertos de 1891? La memoria colectiva no se conserva sola. Necesita familias que cuenten, profesores que enseñen, escritores que pregunten y comunidades que se reúnan. Necesita monumentos, libros, canciones y ceremonias. Sobre todo, necesita que alguien explique a los jóvenes no solo qué ocurrió, sino qué significó para quienes lo vivieron.
Por eso llama la atención la diferencia entre Balmaceda y Arturo Prat. Prat murió antes, en 1879, pero sigue presente en escuelas, calles y ceremonias. Generaciones han crecido escuchando la historia de un hombre que, aun conociendo el peligro, decidió avanzar junto a sus compañeros.
Joseph Campbell escribió en El héroe de las mil caras (1949) que detrás de muchos relatos humanos existe una misma travesía: alguien abandona el mundo conocido, enfrenta una prueba que lo transforma y regresa llevando un legado para su comunidad. Prat nunca regresó físicamente de su viaje, pero volvió convertido en símbolo. Su gesto encontró una historia capaz de ser contada y un país dispuesto a repetirla. No venció a la muerte por sí solo; fuimos nosotros quienes decidimos que no muriera en nuestra memoria.
Balmaceda, en cambio, quedó atrapado en una historia incómoda: una guerra entre hermanos, responsabilidades todavía discutidas y heridas que Chile nunca terminó de mirar. Prat representa una valentía que puede unirnos. Balmaceda nos obliga a reconocer nuestras divisiones. Y las sociedades muchas veces prefieren celebrar a los héroes que las inspiran antes que detenerse frente a las heridas que todavía les cuesta comprender.
Algo semejante podría ocurrir algún día con Salvador Allende, con las víctimas del golpe de Estado y con quienes sufrieron durante la dictadura (1973 – 1990). Todavía viven personas que recuerdan el bombardeo de La Moneda, los allanamientos, el miedo, la cárcel, el exilio y la tortura. Todavía hay familias que esperan saber dónde se encuentran sus seres queridos. Para ellas, el 11 de septiembre no es una discusión académica ni una disputa entre partidos: es una ausencia que se sienta todos los días a la mesa. ¿Qué sucederá dentro de cincuenta o cien años? ¿Mis nietos y bisnietos sabrán lo que ocurrió en Chile? Pero saber no es lo mismo que comprender, y comprender no significa necesariamente sentir el dolor del otro. Esa es mi preocupación. Si las nuevas generaciones no consiguen conmoverse ante quienes fueron perseguidos, ejecutados, torturados o desaparecidos, ese conocimiento será información vacía.
Un gobierno puede decidir no organizar una ceremonia. Lo que no puede decretar es el final de la memoria. Mientras una familia encienda una vela, un profesor relate lo sucedido o un ciudadano deje una flor, la historia continuará respirando. Sin embargo, Balmaceda nos recuerda que ninguna memoria está asegurada para siempre.
Quizás comenzamos a olvidar cuando creemos que el dolor de quienes nos precedieron ya no tiene nada que enseñarnos. Por eso debemos seguir hablando de 1891, de Balmaceda, del Presidente Salvador Allende, del golpe de Estado y de sus víctimas. No para traspasarles nuestras divisiones a quienes vienen después, sino para entregarles una convicción sencilla: la democracia es frágil y ninguna diferencia política autoriza a destruir al otro.
Un ser humano muere cuando su corazón deja de latir. Pero desaparece verdaderamente cuando nadie vuelve a pronunciar su nombre. La muerte puede arrebatarnos la vida; solamente el olvido puede expulsarnos para siempre de la historia.
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