Hoy se cumplen 100 años de uno de los hechos más relevantes de la literatura ecuatoriana: La publicación del libro Poesías Escogidas, de Gonzalo Zaldumbide, que recoge la mayor parte de los poemas significativos y hasta entonces inéditos, del poeta guayaquileño Medardo Ángel Silva. La publicación y edición se hizo en París, Francia, el 17 de septiembre de 1926 y, con ello, implícitamente, le fue otorgado a Silva la ciudadanía de la universalidad.
Gonzalo Zaldumbide (Quito 1884–1965), quien es ampliamente reconocido como ensayista y diplomático de carrera, depositó en aquel volumen uno de los prólogos más hondos, extensos y conmovedores que ha conocido la lírica hispanoamericana. Desde las primeras líneas, el prosista quiteño despeja cualquier sospecha de favoritismo circunstancial hacia Silva, con una frase lapidaria que desarma la anécdota: “Ni siquiera lo conocí”. No hubo prebendas de amistad ni recomendaciones de tertulia; hubo, ante todo, una insobornable convicción estética.

En el segundo apartado de aquel prólogo memorable, Zamdumbide no se guarda nada frente al potencial valor que ve en Silva: “de entre los poetas de mi tierra, que por entonces alzaban el orgullo de sus veinte años como un racimo de embriagueces a ellos solos reservadas, sólo en él se reconocía el signo del predestinado. Marcado estaba para un sino de gloria y duelo”.
Estas lineas dan a entender que Zaldumbide vio en Silva a uno de los más grandes prodigios literarios que haya visto y, por tanto, su obra debía preservarse. Y aunque no detalla en otras cartas su propósito, el prólogo mismo es una declaración de motivos: recopilar en un solo volumen esa intensidad poética que Silva sembró durante sus pocos años de vida.
El autor, con su mirada educada en la Sorbona de París, tuvo claro el propósito de rescatar al poeta del fango de la crónica roja local ya que, desde el suicidio de Silva en 1919, surgieron detractores moralistas que temían que el libro legitimara la melancolía, el hastío y el escepticismo como una nueva forma de hacer y sentir la literatura.
Con este antecedente, Zamdumbide temió que el vate guayaquileño fuese recordado únicamente por el morbo del disparo, que lo transformaba en un mito romántico local, pero lo dejaba desprovisto de su grandeza literaria y poética. Sabía que sin esta publicación editorial el mundo no podría conocer a ese joven poeta cuyo escenario no era la Europa de los grandes museos, sino el Guayaquil del río caudaloso, su casa frente al cementerio, las aulas del histórico colegio Vicente Rocafuerte, los portales oscuros de la época y el espacio geográfico del que nunca salió, pero transformó mediante su imaginación en un paisaje de castillos medievales y jardines versallescos.

Así, mediante la publicación de “Poesías Escogidas” , Silva fue arrancado de la anécdota parroquial para demostrar que en Guayaquil, en condiciones de aislamiento casi absoluto, había florecido un milagro de la palabra que merecía ser leído al mismo nivel que los grandes modernistas de todo el mundo.
La edición y publicación de Poesías Escogidas la hizo la reconocida casa editorial parisina Exelsior, en un tomo de 162 páginas. No hubo una academia, universidad o ministerio ecuatoriano formalmente involucrado en la iniciativa original; por tanto, se trató de un proyecto personal del embajador Zaldumbide. Fue publicada en cuatro ocasiones más, de las cuales las últimas tres las hizo la Casa de la Cultura Ecuatoriana.
Otro ecuatoriano adelantado para su época, don Abel Romeo Castillo, también aportó en la divulgación del trabajo de Silva. En julio de 1926 -dos meses antes de imprimirse el libro de Zaldumbide- publicó en la séptima edición de la revista madrileña Patria Grande, órgano de la Federación Universitaria Latinoamericana un artículo titulado “Un poeta americano poco conocido en España”. El artículo estaba dedicado a Medardo Ángel Silva, y se registra como un artículo crítico dedicado al poeta.

En ese mismo año, la revista ecuatoriana América, en sus números 8, 9 y 10 correspondientes a marzo, abril y mayo, publicó una referencia de Medardo Ángel Silva indicando que su obra poética se estaba editando en París bajo la conducción de Gonzalo Zaldumbide. Por tanto, París fue el lugar de publicación y el punto de partida de la circulación; Madrid constituye, hasta ahora, el caso europeo documentado de divulgación crítica.
Después de esta publicación tomó mayor relevancia una nueva generación de poetas modernistas ecuatorianos a los que años más tarde (1943) el escritor Raúl Andrade describiría en un ensayo que tituló “Retablo de una generación decapitada” y de ahí el nombre por el que se los conoce. Dos guayaquileños: Medardo Ángel Silva y Ernesto Noboa y Caamaño; y dos quiteños: Arturo Borja y Humberto Fierro, integraron este grupo, a pesar de que jamás se conocieron.
De los cuatro de la Generación Decapitada, Silva fue el que menos recursos tuvo. Nunca pudo salir de Guayaquil, pero sí salió su poesía y desde entonces no ha dejado de viajar. París fue apenas una estación, su verdadero destino es estar en la memoria de todos.
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