El espejo… el verdugo

Chalo Rodríguez Burgos
5 minutos de lectura
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EL ESPEJO… EL VERDUGO

¿Por qué nos miramos al espejo?

A cualquier edad, la mirada que lanzamos al verdugo espejo oculta un mecanismo tan antiguo como nuestra especie. Todos poseemos la facultad de apreciar la estética y nos pasamos la vida buscando un modelo que nos deje medianamente satisfechos. Sin embargo, en esa confrontación cotidiana entre la expectativa y la materia, el espejo casi nunca coopera. Notamos ausencias, imperfecciones y apariciones no invitadas. Queremos ver una simetría dictada desde adentro, pero el vidrio nos devuelve un diagnóstico frío.

Ahí está el Loco Sandro. A sus cuarenta y cinco años, el deporte ha cedido su lugar a una devota disciplina de bar en “El Sabroso” cada fin de semana. Frente al espejo, brocha en mano, contempla un rostro marcado por los estragos del tiempo. Realmente, Sandro no busca solo afeitarse; busca en su fisonomía los rasgos de estatus y vitalidad que la tribu solía valorar en el cazador primigenio. Pero la biología es obstinada. Como sugería Baruch Spinoza, tendemos a juzgar las cosas no por lo que son en su naturaleza, sino por el modo en que nos afectan. Sandro no ve simplemente una piel cansada, sino la confirmación de una decadencia que su propia química cerebral se niega a digerir.

Unas calles más allá, María Eugenia, de sesenta y dos años, sostiene su propia contienda en el gimnasio. Sume el estómago frente al espejo para que los leggings calcen como en el catálogo, pero la masa corporal solo logra redistribuirse en acentuados rollitos sobre la cintura. En su cerebro, los circuitos de procesamiento visual y la ínsula —encargada del esquema corporal— hacen un cortocircuito. El ser humano es un animal ritual del adorno, un primate que desde los albores de la civilización ha usado pigmentos, fajas y ropajes para desafiar el paso del tiempo y pertenecer al grupo. Nuestro común amigo Friedrich Nietzsche decía que nos rodeamos de ilusiones para no perecer a manos de la verdad. María Eugenia no pelea contra la lycra, sino contra la terca verdad del paso de las décadas.

La juventud, lejos de estar a salvo, experimenta la falla con mayor crueldad. Violeta, con sus hermosos dieciséis años, entabla un duelo a muerte con un par de mechones rebeldes, convencida de que ese peinado imperfecto desmorona su identidad. Mientras tanto, Richard, de dieciocho, casi listo para ir a la fiesta, se debate frente a un desagradable brote de acné en el centro del rostro, sopesando si reventarlo o confiar en la dudosa alquimia de la pasta dental. En la arquitectura cerebral adolescente, la amígdala hiperactiva y un sistema dopaminérgico hambriento de aprobación social transforman un grano o un cabello indomable en una amenaza existencial. La mirada ajena —real o imaginada— se procesa con la misma intensidad que un peligro físico. Arthur Schopenhauer, que seguro pasó por lo mismo, señalaba con agudeza que la mitad de nuestras preocupaciones nacen del afán por saber qué pensarán los demás de nosotros; en la pubertad, esa máxima se convierte en un dogma visceral.

Probablemente, desde que el primer homínido observó su figura distorsionada en un charco de agua, la comparación con el entorno y con la grey sembró la semilla de esta aprensión. Los modelos estéticos cambian con cada época, pero la pugna interior permanece. Es el conflicto entre la corteza cerebral, que fabrica ideales abstractos, y la realidad física que insiste en recordarnos nuestra condición terrenal. Esta batalla íntima puede desgastarnos hasta la descalificación o, por el contrario, obligarnos a templar la mirada. Al final, mirarse al espejo es intentar conciliar la ficción que llevamos dentro con la inevitable biología que nos habita.

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