Cada 15 de septiembre, Costa Rica nos ofrece una imagen que, después de tantos años de vivir en este maravilloso país, todavía consigue sorprenderme.
Las calles se llenan de banderas. Las casas, los comercios y los edificios públicos lucen con orgullo los colores azul, blanco y rojo. Los niños desfilan con sus uniformes, las bandas llenan las calles de música, las orquestas acompañan la celebración y las familias salen a compartir una fiesta que pertenece a todos.
Por un día, pareciera que todo el país habla el mismo idioma: el idioma de la patria. No importa la condición social, las diferencias políticas, las opiniones personales o las dificultades de cada día. La bandera costarricense puede estar en una ventana, en un automóvil, en un comercio, en una escuela o en las manos de un niño que desfila con una emoción que muchas veces los adultos hemos olvidado.
Y hay algo profundamente hermoso en ello: sentirse orgulloso de ser costarricense no parece necesitar una explicación ni una disculpa. La conmemoración de la Independencia, vinculada a la llegada y divulgación del Acta de Independencia de Centroamérica en 1821, se convierte así en una expresión colectiva de identidad, pertenencia y memoria.
Después de 36 años viviendo en Costa Rica, sigo preguntándome qué hace posible que este sentimiento permanezca tan vivo. Es inevitable hacer una comparación con Europa.
En buena parte de Europa, el significado de los símbolos nacionales se ha vuelto mucho más complejo. En determinados contextos, mostrar públicamente la bandera de un país puede ser interpretado como una provocación política, una expresión de nacionalismo radical o incluso de extremismo. En algunos lugares, las tensiones alrededor de la identidad nacional han llegado a generar enfrentamientos y actos de violencia.
¿Cómo hemos llegado hasta aquí?
La pregunta no debería ser simplemente quién tiene razón. La pregunta es qué nos está ocurriendo como sociedades democráticas. Una democracia madura debería permitir que un ciudadano ame a su país sin tener que despreciar al extranjero. Debería permitir llevar una bandera sin convertirla automáticamente en una declaración de hostilidad hacia quienes llevan otra. Debería ser posible defender la identidad nacional y, al mismo tiempo, respetar profundamente la diversidad, las libertades individuales y la dignidad de los demás.
Quizás la diferencia entre Costa Rica y determinadas sociedades europeas no esté únicamente en la bandera. Está también en la relación que cada sociedad ha construido con su propia historia. Costa Rica parece haber conservado una forma más sencilla y espontánea de vivir el patriotismo: la bandera reúne antes de dividir.
Europa, marcada por guerras, nacionalismos extremos, conflictos territoriales y experiencias históricas traumáticas, ha desarrollado una relación mucho más ambivalente con los símbolos nacionales. No podemos ignorar esa historia. Pero tampoco deberíamos permitir que el miedo al pasado convierta el orgullo legítimo de pertenecer a una nación en algo que deba esconderse.
Porque patriotismo no significa superioridad. Amar Costa Rica no significa amar menos a Francia. Sentirse tico no significa dejar de ser ciudadano del mundo. Y sentirse orgulloso de las propias raíces no debería ser considerado automáticamente una amenaza para nadie.
Tal vez la verdadera pregunta para nuestras democracias sea esta:
¿Somos capaces de recuperar un patriotismo sereno, abierto y respetuoso, en el que podamos decir “amo a mi país” sin que esa afirmación sea interpretada como “odio a los demás”?
Cada 15 de septiembre, Costa Rica parece responder que sí. Y después de 36 años viviendo aquí, hay una imagen que sigue emocionándome: un país entero vestido de azul, blanco y rojo, desde las escuelas hasta los edificios públicos, desde los pequeños comercios hasta las grandes ciudades, celebrando algo tan sencillo y tan poderoso como decir: «Libertad, Igualdad y Fraternidad».
Quizás, en estos tiempos de incertidumbre, nuestras democracias necesiten recuperar precisamente eso: el derecho a amar lo propio sin convertirlo en desprecio hacia lo ajeno.
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