
Por Miguel Ángel Rojas Pizarro
Psicólogo – Profesor de Historia – Psicopedagogo
psmiguel.rojas@hotmail.com
Hay noticias que pasan inadvertidas entre tantas preocupaciones cotidianas. Una ley, una firma, una publicación en el Diario Oficial. Sin embargo, detrás de esas formalidades hay decisiones que merecen detenernos. La Ley 21.843, publicada el 22 de octubre de 2026, establece el 7 de enero como el Día de la Amistad y Solidaridad Chileno-Palestina. Al leerla, pensé en cuánto necesitamos recuperar una capacidad sencilla: Empatía, sentir como propio el dolor de otros.
Porque Palestina puede parecer lejana cuando miramos un mapa, pero deja de estarlo cuando vemos a un padre abrazando a su hija muerta entre los escombros. En ese abrazo reconocemos algo cercano. Quienes tenemos hijos sabemos que pocas cosas importan tanto como verlos regresar a casa, escuchar sus historias y despedirlos por la noche sabiendo que estarán seguros. Eso que para nosotros debiera ser cotidiano, para tantas familias palestinas se ha convertido en una esperanza incierta.
Por eso, me cuesta aceptar que todavía discutamos este sufrimiento como si fuera un partido entre izquierdas y derechas. Condenar el genocidio contra el pueblo palestino es una cuestión humanitaria que debiera convocarnos a todos. No necesito saber por quién vota una madre para comprender su desesperación. Tampoco necesito compartir sus creencias para defender el derecho de sus hijos a crecer. Podemos discrepar en muchas cosas. Podemos tener historias, convicciones y miradas distintas. Pero debiéramos ser capaces de encontrarnos cuando se trata de proteger una vida, rechazar el hambre y exigir que ninguna infancia transcurra bajo el miedo.
Como profesor, pienso también en nuestros estudiantes. Les pedimos empatía, respeto y compañerismo. Les enseñamos que no deben guardar silencio cuando alguien sufre. Entonces, ¿qué ejemplo damos si nosotros buscamos excusas para mirar hacia otro lado con temáticas tabú? Los derechos humanos se enseñan también con nuestras conversaciones, con nuestras decisiones y con aquello que estamos dispuestos a defender.
Quisiera que cada 07 de enero sirviera para eso. Para conversar en las escuelas, conocer las historias de las familias palestinas que son parte de Chile y acercarnos a una cultura que también ha enriquecido nuestra vida. Para preguntarnos qué ayuda podemos ofrecer y qué indiferencias necesitamos abandonar.
Y hacerlo sin sembrar otros odios. Defender al pueblo palestino y respetar al pueblo judío son compromisos que pueden y deben caminar juntos. Ninguna comunidad merece cargar colectivamente con las decisiones de un gobierno. Si defendemos la dignidad humana, debemos cuidarla siempre.
Una fecha no devolverá a quienes han muerto ni reparará por sí sola tantas vidas quebradas. Pero puede recordarnos que todavía tenemos una responsabilidad frente a lo que ocurre.
Ojalá este 7 de enero nos encuentre menos preocupados de las etiquetas políticas y más atentos a las personas. Porque frente a una familia que lo ha perdido todo, nuestra primera respuesta debiera ser acercarnos, escuchar y ayudar. Antes de cualquier diferencia política, hay seres humanos que necesitan vivir en paz, igual que nosotros.

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