Españoles tiemblan. Del disparate al miedo, del miedo a las urnas: 29-N

Lic. Bárbara Balbo
10 minutos de lectura
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La cita del 29-N no es un fenómeno aislado, sino la consecuencia de diez años de erosión institucional, desinformación financiada y desprecio por la verificación. Cuando la mentira y el acoso se imponen en el debate público, el objetivo final nunca es solo un sector de la población: es la sociedad entera.

El próximo 29 de noviembre, España acudirá a las urnas en una cita electoral que no nace de la nada, sino de la urgencia y del desgaste acumulado. Llegamos a esta fecha con el impacto de una sucesión de imágenes que se han quedado clavadas en la retina colectiva. La más dolorosa y reciente, la muerte de Maricarmen Abascal, la mujer de 87 años sacada en camilla de su casa de toda la vida tras sufrir un desahucio ejecutado no por un pequeño ahorrador que logró comprar un piso tras años de esfuerzo para ponerlo en alquiler, sino por un fondo de inversión especulativo con carteras que van desde cientos hasta decenas de miles de viviendas. Su fallecimiento no ha hecho más que prender la mecha de las acampadas por el derecho a la vivienda que hoy abarrotan la Puerta del Sol y las plazas de media España. Gracias a que se alzó la voz, Maricarmen logró el reconocimiento para volver a su hogar, pero nunca llegó a hacerlo; acabó sus días en un centro hospitalario intentando recuperarse del impacto de haberse visto prácticamente en la calle.

Sin embargo, reducir lo que ocurre a estos últimos acontecimientos, o al clima de tensión en la frontera de Ceuta, o a las continuas crisis de gobernabilidad, sería quedarnos en la superficie. Las elecciones del 29-N no son un episodio aislado; son la estación de llegada de un trabajo de hormiga que la extrema derecha lleva haciendo metódicamente desde hace aproximadamente una década.

La pedagogía del disparate: anestesiar el sentido común

Nada de esto ocurrió por casualidad. La estrategia empezó erosionando el sentido común más básico. Lo que hace diez años quizás eran exabruptos y ridiculeces en foros oscuros de internet, poco a poco fue ganando espacio en las tertulias y los titulares de prensa. Vimos cómo se abría la puerta, entre la perplejidad y la risa condescendiente, a ocurrencias y disparates sin ningún rigor: desde negar el cambio climático hasta dar espacio en programas prime time al terraplanismo o a la negación de los efectos de la radiación ultravioleta en la piel, pasando por relativizar o negar directamente la violencia de género.

El objetivo de lanzar semejantes titulares nunca fue convencer con argumentos, sino probar hasta dónde aguantaba la sociedad la mentira. Cada contradicción que se dejó pasar funcionó como un ensayo general. Si lograban que se dudara de hechos científicos y consensos obvios, el terreno quedaba listo para colar cualquier falsedad con mayores consecuencias.

El barro en las instituciones y la caza a la discrepancia

A la falta de rigor en las ideas le siguió la pérdida del respeto en las formas. Las tribunas públicas y los parlamentos, pensados para debatir con la altura que exige la política responsable de representar a la ciudadanía, se convirtieron en un escenario de pelea callejera. Se puso de moda un lenguaje agresivo, lleno de insultos de trazo grueso y expresiones dignas de la ignorancia más visceral, pensado para arrastrarlo todo al barro e impedir cualquier debate serio.

Y cuando el insulto no fue suficiente para silenciar a quienes ejercían la crítica, se pasó a la intimidación directa. Hemos visto cómo se amenaza y acosa en las puertas de sus casas a profesionales del periodismo que solo hacen su trabajo al verificar datos y desmontar mentiras. Lo mismo ha ocurrido con las personas en cargos políticos que han plantado cara, extendiendo la hostilidad a sus familias, incluso cuando se trataba de menores de edad. A ello se suma una violencia institucional cada vez más descompensada en las calles, donde las cargas policiales recaen con saña en quienes se manifiestan pacíficamente, mientras se mira hacia otro lado ante la agresividad de los grupos ultras. El mensaje era muy claro: cuestionar al poder reaccionario iba a costar un precio personal, familiar y físico demasiado alto.

La red mercenaria: el odio llega al espacio digital e influencer

Para que este discurso calara sin pasar por los filtros periodísticos tradicionales, hicieron falta millones. Se financió a perfiles con gran seguimiento e influencia para que, desde las pantallas de los teléfonos y con un tono aparentemente cercano o “rebelde”, metieran el dogma ultraconservador en las rutinas de la juventud, pero también de la audiencia adulta. Vimos cómo personas allegadas, poco a poco, empezaron a repetir frases extremistas contra la migración, la diversidad y los derechos de las mujeres que antes no se hubieran permitido ni pronunciar.

Detrás de esa falsa irreverencia, estos perfiles cobraron fortunas por soltar barbaridades, promover bulos y recurrir, una vez más, al insulto, a la amenaza y a la bajeza humana. Convirtieron la desinformación en un negocio redondo: vender respuestas simples y falsas a problemas complejos a cambio de votos, clics y crispación social.

La trampa de la culpa: el alivio de no mirar hacia dentro

El verdadero éxito de esta jugada está en cómo se aprovechan de nuestras propias frustraciones. Asumir la precariedad, la falta de expectativas o los problemas del día a día requiere un esfuerzo incómodo y crítico. La retórica ultra ofrece un atajo mucho más fácil: librar de cualquier responsabilidad a cada cual y señalar que “todo es culpa de otros y de otras”. Quienes se juegan la vida desde otros países buscando un mínimo de dignidad, las mujeres que exigen seguridad e igualdad, o la gente que reclama un alquiler justo y una vivienda digna, se convierten en los chivos expiatorios perfectos.

Se ha inyectado tanto miedo que buena parte de la población ha dejado de hacerse preguntas y compra el relato a la primera. El odio ha pasado de ser una postura política a convertirse en un estado de ánimo colectivo. Lamentablemente, no es un fenómeno aislado de un solo país; estamos hablando de una estrategia presente actualmente en todos los continentes.

De las minorías a cualquiera que alce la voz

Así es como hemos llegado hasta aquí. La violencia que empezó como un titular absurdo, que siguió como un insulto en un pleno, que tomó forma de acoso a profesionales de la información y que acabó en agresiones en las calles, se prepara ahora para medirse en las urnas.

El próximo 29 de noviembre no nos jugamos simplemente votar a una formación u otra. Nos jugamos validar como modo de vida la degradación del respeto, el miedo ante un reclamo o el silencio resignado para que no nos persigan o agredan. Estas formaciones no defienden una ideología coherente; esa es la mentira más grande. Van cambiando de foco dependiendo de qué colectivo se les enfrente o quién exija derechos. Hoy señalan a las minorías y hay quien piensa que la situación no le afecta, pero mañana, cuando consoliden su poder en las instituciones, la presión irá a más. Ocurrirá en cuanto exista alguna reclamación por la pérdida de derechos laborales básicos tras una desregulación, o cuando se compruebe que las pensiones públicas se reducen para favorecer planes privados de capitalización, tal y como ya figura en sus programas económicos. El aviso está dado: la erosión de lo común no tiene excepciones. Conviene detenerse un segundo y mirar de frente la realidad antes de que el silencio y la sumisión sean las únicas opciones que queden.

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