Por: Roberto Godínez Soto.
“El alma es una parte inmortal del
hombre; es ella ¡Oh Agni! La que
es preciso calentar con tus rayos
he inflamar con tu fuego. ¿De dónde
han nacido las almas? Unas vienen
hacia nosotros y regresan; otras
regresan y vuelven a venir”.[1]
El origen de la religión cristiana es una mezcla de budismo, mazdeísmo, mitraísmo y brahmanismo.
La religión católica “Romana” tomó del budismo de la India antigua: la Misa, el Rosario, los cirios, el incienso, los conventos, los monjes, las adoraciones perpetuas, y más. Del mazdeísmo (Zend Avesta) adoptó el infierno, el paraíso y los ángeles guardianes. La influencia del mitraísmo en el cristianismo se debió a la Iglesia Católica, la cual adoptó muchas ideas no bíblicas, por ejemplo: Tras su nacimiento, Mitra fue adorado por pastores; El transitus (viaje de Mitra con el toro sobre los hombros) recuerda al Vía Crucis del relato evangélico; El mitraísmo era una religión de salvación: el sacrificio de Mitra tiene como finalidad la redención del género humano; Mitra recibía los apelativos de La Luz, La Verdad y El Buen Pastor; El banquete ritual de los fieles de Mitra tiene similitudes con la eucaristía cristiana; El día sagrado del mitraísmo era el domingo; El nacimiento de Mitra se celebraba el 25 de diciembre; Los atributos del pater máximo nivel de iniciación en el mitraísmo, eran el gorro frigio, la vara y el anillo, muy similares a la mitra, el báculo y el anillo de los obispos cristianos. El brahmanismo se fundamenta en la reencarnación y en la existencia de un Ser o Alma universal suprema, en la que el alma del hombre aspira a diluirse cuando se libere del cuerpo y consiga abandonar su karma.
“En la mayoría de las civilizaciones ha sido siempre la creencia en la inmortalidad del alma, creencia que se encuentra presente en la mayoría de las religiones. Todas ellas prometen una vida eterna, posterior a la estancia en este mundo. Muchas de ellas no se conforman con la espiritualidad de esa vida futura, sino que prometen satisfacciones, deleites y goces materiales, algunas veces reñidas con las modernas costumbres condicionadas a los principios que norman la inteligencia, la moral y la virtud”.[2]
La primitiva fe cristiana, donde la figura de Jesús sufriente, se originó principalmente en la necesidad de la identificación por parte de las masas sufrientes.
Los adeptos a esta fe eran hombres que, por causa de su situación vital, se hallaban llenos de odio hacia sus dirigentes y esperaban alcanzar su propia felicidad.
La transformación económica y la composición social de la comunidad cristiana altero la actitud psíquica de los creyentes. Se desarrolló el Dogma; la idea de un hombre que se convierte en Dios, pasa a ser la idea de un dios que se convierte en hombre.
La cuestión reside en el perdón y el amor que el padre ofrece a sus hijos sumisos, y simultáneamente en la posición regia y paternal que asume el doliente Jesús, mientras sigue siendo el representante de las masas sufrientes. Jesús llega eventualmente a ser Dios, pues siempre fue Dios. Para las masas que conservan la esperanza de derrocar a los dirigentes, la fantasía cristiana primitiva era adecuada y satisfactoria, como lo fue el dogma católico para las masas de la edad media. La causa del desarrollo reside en el cambio ocurrido en el ámbito socio-económico y sus consecuencias sociales. Los ideólogos de las clases dominantes reforzaron y aceleraron este desarrollo al sugerir a las masas satisfacciones simbólicas y guiar su agresión por canales socialmente inofensivos.
Todas las Religiones de la Tierra desde la más remota antigüedad han venerado la Trinidad: En la India, a Brahma, Shiva y Bishnú; en el milenario Egipto, a Isis, Osiris y Tifón; en la Mitología romana Adonis, Venus y Cupido, eran emblema del Principio Generador de todo lo creado; en el cristianismo, la Santísima Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo- ha perdurado a través de más de dos mil años en todos los Altares de la Tierra.
“La creencia en la inmortalidad del alma no solamente estaba arraigada entre los indígenas de la América del Norte, para quienes la vida espiritual, después de lo material, consistía en repletos «cotos de caza» en los campos del Gran Manitú; ni la de los antiguos Vikingos, para quienes el Walhalla o Cielo, consistía en un lugar donde se podía practicar la guerra y así dar rienda suelta a su espíritu guerrero; o en el Paraíso del Profeta, pleno de Huríes danzarinas placenteras y de otras satisfacciones muy materiales, sino entre los mismos cristianos en cuyas doctrinas se manifiesta la contradicción; pues en el Antiguo Testamento solamente se promete el descanso junto a sus padres, y, posteriormente, ya se habla de otros varios lugares llamados Cielo, Purgatorio e Infierno”.[3]
La base fundamental del Liberalismo es el eclecticismo, por lo cual los liberales deben de estudiar varios libros sagrados.
Es Cuanto.
[1] SCHURÉ, Édouard. Rama y Krishna. Ed. Kier, S.A. Buenos Aires, Argentina. Pág. 57.
[2] Butler M., Jorge A, Eduardo Mendoza Silva. Manual de York. 1971. Pág. 96.
[3] Butler M., Jorge A, Eduardo Mendoza Silva. Manual de York. 1971. Pág. 96.
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