El abandono de nuestros ancianos: Imperdonable vergüenza nacional

Lic. Philippe Quesada Jassoud
7 minutos de lectura
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Hay noticias que no deberían pasar inadvertidas. Hay situaciones que, como sociedad, no podemos acostumbrarnos a aceptar. Y hay realidades que deberían obligarnos a detenernos, mirar de frente lo que está ocurriendo y preguntarnos, con absoluta honestidad: ¿qué clase de sociedad estamos construyendo?

Hoy levantamos la voz ante una situación que debería estremecer a todo Costa Rica: quince pacientes del Hospital San Juan de Dios habrían quedado en situación de abandono después de haber sido atendidos por una emergencia, sin que sus familias regresaran por ellos.

Detrás de cada uno de esos pacientes hay una vida. Hay una historia. Hay años de trabajo, sacrificios, alegrías, pérdidas, esfuerzos y vínculos. Son personas que alguna vez fueron hijos, padres, madres, esposos, esposas, trabajadores, amigos y pilares de una familia. Personas que contribuyeron, de una u otra manera, a construir el país que hoy tenemos.

Y, sin embargo, llegan a una etapa de sus vidas en la que, en lugar de encontrar protección, compañía y gratitud, pueden terminar solos en una cama de hospital, sin un hogar al cual regresar y sin alguien que responda por ellos.

Eso debería dolernos como sociedad. No se trata únicamente de un problema hospitalario. Tampoco podemos reducirlo a señalar con el dedo a una familia sin conocer las circunstancias particulares de cada caso. Existen situaciones de pobreza, enfermedades mentales, deterioro cognitivo, conflictos familiares, violencia, ausencia de redes de apoyo y otras circunstancias que pueden hacer extremadamente compleja la atención de una persona adulta mayor.

Pero precisamente por eso el problema es todavía más profundo. El abandono de nuestros adultos mayores no puede convertirse en un asunto que simplemente trasladamos de una familia al hospital y del hospital al Estado.

Cuando una persona vulnerable queda sola, todos tenemos una responsabilidad: la familia, cuando puede y debe asumirla; las instituciones públicas, que tienen obligaciones legales y sociales; las comunidades; las organizaciones de la sociedad civil; y nosotros mismos como ciudadanos.

Porque una sociedad verdaderamente desarrollada no se mide únicamente por sus carreteras, sus edificios, sus indicadores económicos o su tecnología. También se mide por la manera en que trata a quienes ya no pueden valerse por sí mismos. Nuestros adultos mayores no son una carga. No son un estorbo. No son personas cuyo valor desaparece porque dejaron de trabajar. No son desechables.

Son parte de nuestra historia y de nuestra identidad. Muchos de ellos dedicaron décadas de su vida a trabajar, educar a sus hijos, sostener hogares y contribuir al desarrollo de Costa Rica. Algunos incluso sacrificaron sus propios sueños para que las siguientes generaciones pudieran tener mejores oportunidades.

¿Y cuál es nuestra respuesta cuando envejecen? ¿Dejarlos solos? ¿Esperar que una institución resuelva aquello que nosotros no queremos o no podemos afrontar? ¿Aceptar que una cama de hospital se convierta en el último refugio de una persona que ya no tiene a dónde ir?

No podemos normalizarlo. Es necesario actuar. Debemos exigir, pero también construir soluciones concretas:

Primero, que cuando exista una familia responsable y en condiciones reales de asumir el cuidado, se establezcan mecanismos eficaces para determinar responsabilidades y evitar que el abandono quede impune.

Segundo, que el Estado fortalezca los mecanismos de protección de las personas adultas mayores en situación de abandono, con respuestas que comiencen antes de que la persona llegue a una emergencia hospitalaria.

Tercero, que hospitales, municipalidades, instituciones de protección social y organizaciones comunitarias cuenten con protocolos claros para identificar tempranamente los casos de abandono y activar redes de apoyo.

Cuarto, que se desarrollen alternativas dignas para quienes realmente no tienen familia, hogar o recursos suficientes: centros de atención, redes comunitarias, acompañamiento social y programas de protección que garanticen que nadie quede abandonado simplemente porque envejeció.

Quinto, que como sociedad recuperemos algo que ninguna ley puede imponer por completo: el sentido de responsabilidad, solidaridad y gratitud hacia nuestros mayores.

Porque el problema no termina cuando una persona sale del hospital. La verdadera pregunta es: ¿a dónde va después?

Y si la respuesta es «a ninguna parte», entonces hemos fracasado. No basta con indignarnos cuando aparece una noticia. Tampoco basta con responsabilizar al Estado o culpar a las familias. Necesitamos mirar el problema en toda su dimensión y construir una red de protección que funcione antes de que sea demasiado tarde.

Una sociedad que abandona a sus mayores corre el riesgo de olvidar que todos, algún día, seremos vulnerables. El joven de hoy será el adulto mayor de mañana. El padre que hoy necesita ayuda puede ser el hijo que mañana tenga que cuidar a sus propios padres. Y aquellos que hoy miramos desde la distancia podrían ser, mañana, nosotros mismos.

Por eso esta no es solamente una cuestión de los adultos mayores. Es una cuestión de humanidad. El trato que damos a quienes envejecen dice mucho de nuestros valores. Si somos capaces de acompañar al fuerte, pero abandonamos al débil; si celebramos a quien produce, pero olvidamos a quien ya no puede hacerlo; si medimos el valor de una persona únicamente por su utilidad económica, entonces tenemos un problema mucho más profundo que la falta de recursos.

Tenemos un problema de conciencia. Nuestros ancianos merecen respeto. Merecen cuidado. Merecen dignidad. Merecen compañía. Y, sobre todo, merecen no ser olvidados.

Lo ocurrido en el Hospital San Juan de Dios debería servirnos como una llamada de atención nacional. No para buscar culpables fáciles. No para alimentar la indignación durante unos días. Sino para preguntarnos qué podemos hacer, como familias, como instituciones y como sociedad, para que ninguna persona mayor termine sus días sintiéndose abandonada e invisible.

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