El migrante ilegal

Dr. Armando Arévalo Hernández
7 minutos de lectura

Cristian, un adolescente de quince años, debido a su temperamento, tenía dos problemas. El primero consistía en que la escuela secundaria le aburría. Todo lo que le enseñaban los maestros ya lo sabía, debido a que le gustaba leer mucho y de todo. Eso hacía que se saliera de clases y se fuera a jugar billar con algunos compañeros, a quienes tampoco les gustaba asistir a clases.

El segundo problema era que se había enamorado tremendamente de su novia, Marcela. Tanto la mamá de la chica como la del joven no estaban de acuerdo con que fueran novios, porque eran demasiado pequeños para entablar una relación formal. De ahí que quisieran separarlos a toda costa.

Uno de tantos días, el quinceañero acababa de llegar a su casa cuando su mamá, María, le pidió hablar. Le dijo que lo quería ver en la cocina, a solas.

—Dígame, madre, ¿qué me quiere decir?

—Son las seis de la tarde. Tienes hasta las nueve de la noche para arreglar tu equipaje. El Tecolote —nombre del vuelo Guadalajara-Tijuana— sale a las once p. m. Ya compramos los boletos. Se van a ir tú y tu hermana Dulce a Tijuana. Llegarán con tu prima Rosa; ella los va a pasar a los Estados Unidos, porque es pollera —una persona que se dedica a pasar inmigrantes de manera ilegal a otro país— de profesión. Ya hablamos con ella y está todo arreglado.

—¡Ah, caaaaray! No sabía que tenía que ir a Estados Unidos. La verdad, ni me gusta allá.

Él ya había estado en tres ocasiones en ese país, de vacaciones.

—Ya sé que no te gusta, pero aquí solo te la pasas día y noche con esa muchacha. Hace una semana vino su mamá a quejarse de que no está de acuerdo con que seas novio de su hija. No vas a la escuela y, cuando vas, te la pasas en el billar. Por eso te vas a ir con tus hermanos, que están en Estados Unidos. Ellos les van a conseguir trabajo y, además, te meterán a estudiar inglés, a ti, que tanto te gustan los idiomas.

Al ver que sus papás estaban muy decididos a enviarlos, no presentó resistencia ni oposición. Pensó que le serviría como una experiencia más: irse de espalda mojada a la gran potencia mundial, el gran país capitalista. Serviría para conocer ese sistema que practicaba un capitalismo salvaje.

Su prima Rosa los estaba esperando en el aeropuerto de Tijuana. Les dio una cálida recepción, los invitó a tomar un café e inmediatamente los llevó a su casa en su carro del año. Se veía que le iba bien económicamente.

—Hola, prima Rosa. Mi hermana Dulce y yo estamos aquí. El día que tú digas, nos llevas al otro lado —dijo Cristian, refiriéndose a los Estados Unidos.

—Dulce y Cristian, les tengo malas noticias. Estaba programado su pase para la próxima semana, pero dentro de la organización donde yo trabajo hubo un movimiento inesperado. Eso hizo que se desbaratara lo que teníamos programado.

»No se preocupen. Pueden quedarse en mi casa mientras los vuelven a programar.

Su prima Rosa vivía en la calle La Paz, esquina con la Segunda Benito Juárez. La casa era de dos pisos. Le dio al púber el cuarto de los tiliches, en el segundo piso, cuya ventana daba hacia la alambrada que dividía a México —Estados Unidos Mexicanos— de los Estados Unidos de América.

Limpió el cuarto y puso la cama muy cerca de la ventana, para que pudiera observar la alambrada que, noche tras noche, era brincada por muchísimos transeúntes procedentes de Centroamérica y Sudamérica.

Cristian veía cómo las patrullas de inmigración, así como los helicópteros gringos, hacían redadas y atrapaban a diez, quince, veinte e incluso más personas. Los veía correr como liebres para todos lados. Cuando se topaban con la migra, eran atrapados, a pesar del esfuerzo que hacían para escapar.

—Rosa, ¿así vamos a pasar mi hermana Dulce y yo, como veo a diario desde la ventana de mi cuarto, brincando la alambrada?

—No, mi querido mancebo. Ustedes dos van a pasar de otra forma, una más segura. Incluso hasta los de la migra les van a ayudar. Claro, serán agentes que trabajan para Salvatore Lucania, jefe de la mafia italiana en estos terrenos que abarcan desde Los Ángeles hasta Sonora.

»Él controla los asuntos migratorios —un grupo de polleros que trabajaban para la Cosa Nostra—, además de controlar los casinos de lujo de Tijuana, San Diego y Los Ángeles. Como ustedes saben, yo trabajo para Salvatore como gerente de uno de los casinos, aquí, en la ciudad de Tijuana.

»Para obtener un dinero extra, le consigo gente para pasar; por eso me dicen Rosa la Pollera. En el caso de ustedes, por ser mis parientes, don Salvatore Lucania, mi jefe, me va a ayudar a pasarlos de forma segura, a mitad de precio de lo que él cobra.

»Estoy viendo si lo podemos hacer en forma gratuita, a ver si lo logro. El único problema es que tenemos que esperar a que los vuelvan a programar otra vez.

»Pasarlos de forma segura implica mover gente que trabaja para él. Claro, a todos les paga. En la mafia todos ganamos; por eso cobra.

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