Un nahual llamado Cristóbal

Licda. Victoria Maldonado Godínez
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​Esto ocurrió un día de noviembre, yo tenía como ocho años, serían un poco más de las cinco de la tarde. Mi padre me llamó y me dijo: “mira muchacha, se me terminaron los cigarros, así que a ver si te vas corriendo a la tienda de don Eusebio y me traes una cajetilla.”

​Bien recuerdo, la tarde empezaba a pardear y yo debía caminar aproximadamente media hora para llegar a la tienda; así que corrí como mi edad y mis pies descalzos lo permitían, conocía muy bien esas veredas, por lo que en cuanto llegué al pueblo me dirigí a la tienda y pedí los cigarros. De regreso, corriendo con la agilidad propia de una niña de ocho años, empecé a subir el cerro; a consecuencia de la neblina, el sol parecía ocultarse con mayor rapidez. Cuando ya había subido un gran trecho del cerro, al inicio de la veredas que lo bordeaban, vi hacia abajo y percibí al Cristóbal, estoy segura que era él, por lo que yo caminé más rápido para aventajar y que no me alcanzara.

​Fue entonces, que después de avanzar un poco más, a lo lejos vi un guajolote ahí en lo despoblado “haciendo rueda”, eso me dio mucho miedo, pues yo había escuchado acerca de personas que se convertían en animales, y cuál sería mi sorpresa que a unos veinte metros para llegar a la cumbre, percibí al Cristóbal que ya iba más adelante que yo, él ya había llegado a donde empezaban las primeras casas de la ranchería, es decir, que inexplicablemente, sin que me diera cuenta en qué momento, me había rebasado.

​Eso me dio mucho más terror pues entre las historias que se decían, era que el Cristóbal era un nahual.

María Victoria Maldonado Godínez, Septiembre 2026

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