Para el público internacional que aún no lo conoce, Flavio Mendoza es uno de los principales creadores, directores y artistas del espectáculo argentino. Bailarín, coreógrafo, productor y referente de la escena circense contemporánea, ha desarrollado propuestas que combinan teatro, danza, acrobacia, música, tecnología y trabajo aéreo. Su sello consiste en transformar una función en una experiencia visual y sensorial de gran despliegue.
Hay espectáculos que comienzan cuando se apagan las luces. La Cúpula, la propuesta de Flavio Mendoza instalada en Puerto Madero, empieza bastante antes. La experiencia comienza desde el ingreso al espacio del Casino Buenos Aires. Hay sectores para recorrer, juegos, entretenimiento, propuestas gastronómicas y distintos ambientes que hacen que el público pueda disfrutar del lugar incluso antes de entrar a la función.
Y eso genera una expectativa particular: cuando finalmente llega el momento de ingresar a La Cúpula, uno ya viene viviendo una experiencia. Adentro, la primera impresión vuelve a ser de sorpresa. No hay un escenario convencional. La estructura obliga a mirar hacia distintos lugares y rápidamente se entiende que acá la acción no va a estar concentrada en un solo punto.
Arriba, abajo, a los costados. Todo puede transformarse en parte de la escena. La historia toma como punto de partida El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde, pero Flavio Mendoza la lleva hacia un lenguaje propio, donde conviven actuación, canto, danza, acrobacia, trabajo aéreo, música, iluminación y tecnología.
El elenco tiene una tarea compleja porque debe desenvolverse dentro de una puesta que está en permanente movimiento. Alan Lez, como el Príncipe Feliz; Valentina Podio, como la Golondrina; y Nacho Pérez Cortés, como Dédalo, encabezan una propuesta en la que también tienen un papel fundamental bailarines, acróbatas y artistas aéreos.
Y ahí aparece uno de los grandes atractivos de la puesta: muchas veces uno queda mirando una escena y, casi sin darse cuenta, algo comienza a suceder en otro lugar. Las proyecciones transforman la percepción del espacio. Las luces acompañan los cambios de clima y los artistas parecen formar parte de un escenario que se mueve constantemente.
La música y el sonido completan esa construcción. En una producción de semejante despliegue, no son un elemento secundario: acompañan las voces, las canciones y cada uno de los momentos de mayor intensidad. Pero quizás lo más interesante de La Cúpula sea que no pretende solamente que el público observe.
Busca generar una sensación de estar adentro. Por momentos parece un espectáculo de circo. En otros, una obra teatral. Después aparecen la danza, el canto, los artistas suspendidos en el aire y una puesta tecnológica que vuelve a modificar completamente el espacio. Todo ocurre en un mismo lugar y, sin embargo, da la sensación de que estamos entrando en diferentes mundos.
Al salir, queda la impresión de haber vivido algo más que una función. Porque la experiencia empezó mucho antes de que apareciera el primer personaje y continúa después del aplauso final. La Cúpula es, en definitiva, una propuesta pensada para mirar, escuchar y dejarse sorprender. Y Flavio Mendoza vuelve a apostar por algo que conoce muy bien: llevar el espectáculo a una dimensión donde el público no sea solamente espectador, sino parte de la experiencia.
Para el público internacional que aún no lo conoce, Flavio Mendoza es uno de los principales creadores, directores y artistas del espectáculo argentino. Bailarín, coreógrafo, productor y referente de la escena circense contemporánea, ha desarrollado propuestas que combinan teatro, danza, acrobacia, música, tecnología y trabajo aéreo. Su sello consiste en transformar una función en una experiencia visual y sensorial de gran despliegue.
Hay espectáculos que comienzan cuando se apagan las luces. La Cúpula, la propuesta de Flavio Mendoza instalada en Puerto Madero, empieza bastante antes. La experiencia comienza desde el ingreso al espacio del Casino Buenos Aires. Hay sectores para recorrer, juegos, entretenimiento, propuestas gastronómicas y distintos ambientes que hacen que el público pueda disfrutar del lugar incluso antes de entrar a la función.
Y eso genera una expectativa particular: cuando finalmente llega el momento de ingresar a La Cúpula, uno ya viene viviendo una experiencia. Adentro, la primera impresión vuelve a ser de sorpresa. No hay un escenario convencional. La estructura obliga a mirar hacia distintos lugares y rápidamente se entiende que acá la acción no va a estar concentrada en un sólo punto.
Arriba, abajo, a los costados. Todo puede transformarse en parte de la escena. La historia toma como punto de partida El Príncipe Feliz, de Oscar Wilde, pero Flavio Mendoza la lleva hacia un lenguaje propio, donde conviven actuación, canto, danza, acrobacia, trabajo aéreo, música, iluminación y tecnología.
El elenco tiene una tarea compleja porque debe desenvolverse dentro de una puesta que está en permanente movimiento. Alan Lez, como el Príncipe Feliz; Valentina Podio, como la Golondrina; y Nacho Pérez Cortés, como Dédalo, encabezan una propuesta en la que también tienen un papel fundamental bailarines, acróbatas y artistas aéreos.
Y ahí aparece uno de los grandes atractivos de la puesta: muchas veces uno queda mirando una escena y, casi sin darse cuenta, algo comienza a suceder en otro lugar. Las proyecciones transforman la percepción del espacio. Las luces acompañan los cambios de clima y los artistas parecen formar parte de un escenario que se mueve constantemente.
La música y el sonido completan esa construcción. En una producción de semejante despliegue, no son un elemento secundario: acompañan las voces, las canciones y cada uno de los momentos de mayor intensidad. Pero quizás lo más interesante de La Cúpula sea que no pretende solamente que el público observe.
Busca generar una sensación de estar adentro. Por momentos parece un espectáculo de circo. En otros, una obra teatral. Después aparecen la danza, el canto, los artistas suspendidos en el aire y una puesta tecnológica que vuelve a modificar completamente el espacio. Todo ocurre en un mismo lugar y, sin embargo, da la sensación de que estamos entrando en diferentes mundos.
Al salir, queda la impresión de haber vivido algo más que una función. Porque la experiencia empezó mucho antes de que apareciera el primer personaje y continúa después del aplauso final. La Cúpula es, en definitiva, una propuesta pensada para mirar, escuchar y dejarse sorprender.
Y Flavio Mendoza vuelve a apostar por algo que conoce muy bien: llevar el espectáculo a una dimensión donde el público no sea solamente espectador, sino parte de la experiencia. Próximo destino Provincia de Santa Fé donde arranca lo que será una gira maravillosa.
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