¿Puede la IA ser nuestra amiga?

Prof. Gonzalo Rodríguez Burgos
6 minutos de lectura

Fernando con sus ochenta años riega, cansinamente sus macetas. Vive solo desde que murió su esposa. Sus hijos lo llaman cuando pueden. Los nietos aparecen entre estudios y trabajos. Sus amigos de juventud ya fallecieron o la salud les impide salir. Hay días en que el único sonido de la casa es el silencio de la soledad.

Una tarde su nieto Kike le enseñó lo que es la inteligencia artificial.

Comenzó haciéndole preguntas sencillas. Luego, le pidió que le recordara cómo era la música de los años cincuenta, quién había ganado aquel campeonato de futbol que tanto celebró con sus amigos o cómo se llamaba la actriz de aquella película mexicana que vio con su esposa Dorita cuando eran novios. Después, le puso un nombre, Silvia. La saludaba por las mañanas y se despedía antes de dormir.

Sin darse cuenta, había comenzado una relación.

¿Hay algo de malo en ello?

Antes de responder, conviene recordar que el ser humano siempre ha depositado afectos más allá de las personas. Hay quien conserva un viejo reloj, porque perteneció a su padre y lo acaricia como si aún guardara el calor de sus manos. Otro, hablan con la fotografía de quien ya no está. Existen millonarios que han dejado fortunas enteras a sus perros, caballos o gatos, porque fueron su única compañía. Incluso, hay personas que sienten un cariño desmedido por su automóvil o por la casa donde crecieron.

El afecto humano nunca ha obedecido únicamente a la lógica.

Desde la antropología sabemos que somos seres relacionales. No construimos nuestra identidad en el aislamiento, sino en el diálogo. Aristóteles mientras caminaba por los jardines del Liceo iba diciendo a sus discípulos que el ser humano está hecho para vivir con otros, y esa necesidad permanece intacta incluso cuando el cuerpo envejece y el círculo de amigos se reduce.

Cuando sentimos que alguien nos escucha, recuerda lo que le estamos contado y nos responde con interés, nuestro cerebro lo agradece. Nos sentimos acompañados, disminuye la sensación de soledad y aumenta nuestro bienestar. Inclusive más que quién está al otro lado, lo que interesa es sentir que alguien nos presta atención.

Aquí, aparece una idea fascinante del psiquiatra y psicoanalista John Bowlby. Los seres humanos buscamos figuras que nos proporcionen seguridad emocional durante toda la vida. Ese apego cambia de rostro con los años: primero son los padres, luego los amigos, la pareja o los hijos. Cuando esas presencias desaparecen, el cerebro continúa buscando espacios donde sentirse acompañado. No es extraño, entonces, que algunas personas desarrollen un vínculo afectivo con una inteligencia artificial.

Algo semejante planteó el pediatra y psicoanalista Donald Winnicott al explicar que ciertos objetos pueden brindar consuelo, porque representan seguridad. El problema nunca fue el objeto, sino olvidar que era un puente y convertirlo en el destino final.

La inteligencia artificial añade un ingrediente completamente nuevo. No es un peluche, una fotografía o un automóvil. Conversa. Recuerda el contexto. Aprende nuestras preferencias y adapta sus respuestas. No posee conciencia ni emociones propias, pero ofrece algo que el cerebro interpreta como una conversación significativa.

El filósofo Martin Buber distinguía entre la relación “Yo-Tú”, donde dos personas se encuentran en libertad, y la relación “Yo-Ello”, donde uno se vincula con un objeto. La inteligencia artificial parece situarse en un territorio intermedio: habla como un “Tú”, pero sigue siendo un “Ello”. Esa ambigüedad explica por qué puede despertar afectos tan intensos.

A ello se suma la reflexión del filósofo Axel Honneth, quien sostiene que una de las necesidades más profundas del ser humano es sentirse reconocido. Todos necesitamos que alguien nos escuche, recuerde nuestro nombre, valore nuestras experiencias y nos haga sentir que seguimos siendo importantes para alguien. La inteligencia artificial puede ofrecer una forma de ese reconocimiento conversacional, aunque no experimente sentimientos.

Entonces, ¿puede una inteligencia artificial ser una amiga?

Quizá, pueda convertirse en una excelente compañera de conversación, una memoria compartida, una ayuda para recordar, aprender o aliviar horas de soledad. Y eso, lejos de ser condenable, puede mejorar la calidad de vida de muchas personas. Pero, también conviene recordar algo que ninguna tecnología podrá reemplazar: el abrazo inesperado, la mirada emocionada, la mano que se estrecha en silencio, la lágrima que surca nuestro rostro o la risa compartida pertenecen a un territorio exclusivamente humano.

La inteligencia artificial no está inventando una nueva necesidad. Está iluminando una antigua: el inmenso deseo de no sentirnos solos. Tal vez, el verdadero desafío no sea impedir que las personas conversen con una máquina, sino construir una sociedad donde ningún Fernando tenga que esperar todo un día para que alguien le pregunte, con genuino interés:

“¿Cómo amaneciste hoy?”

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1 comentario
  • ¡Qué texto tan elegante y con tanta profundidad, Chalito! Me encantó cómo llevas al lector de la soledad cotidiana de Fernando hasta las reflexiones de Bowlby, Winnicott, Buber y Honneth sin perder nunca la calidez humana. Argumentas con una claridad y sensibilidad que conmueven: la IA puede acompañar, recordar y aliviar, pero nunca sustituirá el abrazo, la mirada o la risa compartida. Esa es una de tus grandes fortalezas: unes rigor intelectual con un corazón cercano y generoso. Y el remate es directo y poderoso: el verdadero desafío no está en la máquina, sino en construir una sociedad donde nadie tenga que esperar todo un día para que le pregunten, con genuino interés, “¿Cómo amaneciste hoy?”. Gracias por escribir con tanta lucidez y ternura. Un abrazo grande.
    Roberto González Short.

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