El bullying, el acoso escolar y el matonismo no son simples “cosas de niños”. Son manifestaciones de violencia que pueden dejar profundas heridas físicas, psicológicas y emocionales en quienes las sufren. Y cuando estos comportamientos aparecen dentro de nuestras escuelas, deberíamos preguntarnos seriamente qué está ocurriendo en nuestra sociedad.
Normalmente, un niño o un adolescente debería encontrar en un centro educativo un espacio para aprender, crecer, hacer amigos y desarrollar sus capacidades. Nunca un lugar donde tenga que vivir con miedo a ser humillado, golpeado, amenazado, excluido o ridiculizado.
El acoso puede adoptar muchas formas: agresiones físicas, insultos, burlas, amenazas, intimidación, exclusión social y, cada vez con mayor frecuencia, ataques a través de las redes sociales. Lo que para algunos puede parecer una “broma”, para quien la recibe puede convertirse en una experiencia de angustia, soledad y miedo que afecte profundamente su autoestima y su desarrollo.
Pero hay algo todavía más preocupante: cuando la violencia se vuelve cotidiana, corremos el riesgo de normalizarla. Por esta razón, no podemos aceptar que el más fuerte tenga derecho a imponerse sobre el más vulnerable. Tampoco podemos permanecer indiferentes cuando un estudiante es humillado delante de sus compañeros y quienes observan prefieren guardar silencio. El silencio de los espectadores, la indiferencia de los adultos y la falta de consecuencias pueden terminar convirtiéndose, aunque sea indirectamente, en una forma de complicidad.
Por eso debemos denunciar, sabiendo que denunciar no significa solamente señalar al agresor. Significa proteger a la víctima, intervenir a tiempo y exigir que las instituciones cumplan con su responsabilidad. Significa entender que detrás de cada caso existe una persona que merece respeto y protección.
La responsabilidad tampoco corresponde exclusivamente a los centros educativos. La familia, la escuela y la sociedad tienen un papel fundamental. Los padres deben enseñar desde el hogar que la violencia no es una forma legítima de relacionarse con los demás. Las escuelas deben contar con protocolos eficaces para prevenir, detectar y atender estos casos. Y las autoridades tienen la obligación de garantizar que esas medidas no existan únicamente en el papel.
Pero también debemos mirar más allá del aula. ¿De dónde están aprendiendo nuestros niños y jóvenes la intolerancia, la agresividad, la humillación y el desprecio por los demás? ¿Qué ejemplos les estamos dando los adultos? ¿Qué estamos transmitiendo cuando justificamos la violencia, celebramos la agresividad o convertimos la humillación de otra persona en entretenimiento?
No podemos exigirles a nuestros jóvenes una sociedad diferente si nosotros mismos seguimos tolerando comportamientos que la destruyen. La lucha contra el bullying no se resuelve únicamente con castigos. Hace falta educación, prevención, acompañamiento, límites claros y, sobre todo, una recuperación de valores fundamentales: respeto, empatía, solidaridad, responsabilidad y dignidad humana.
También debemos aprender a distinguir entre comprender al agresor y justificarlo. Un joven que agrede puede necesitar ayuda, orientación y acompañamiento para comprender el origen de su conducta, pero eso nunca debe significar minimizar el daño causado ni dejar desprotegida a la víctima y sobre todo tratar de excusarlo.
Una sociedad verdaderamente civilizada no se mide solamente por sus avances económicos o tecnológicos. Se mide también por la manera en que protege a sus niños, a sus jóvenes y, especialmente, a quienes se encuentran en una posición de vulnerabilidad.
Por eso no debemos callar porque el bullying no es una broma. El matonismo no es parte normal de crecer. La violencia no es educación. Y el silencio no puede ser nuestra respuesta. Debemos denunciar los abusos, exigir responsabilidades y recuperar, desde el hogar, la escuela y todos los espacios de nuestra sociedad, una cultura donde el respeto por el otro vuelva a ser un principio irrenunciable.
Porque cada vez que permitimos que un niño sea humillado, golpeado o intimidado sin intervenir, no solamente estamos fallando con esa víctima pero peor, estamos fallando como sociedad. Y si queremos construir un país mejor para las próximas generaciones, debemos empezar por algo tan básico como enseñar a nuestros hijos que nadie tiene derecho a destruir la dignidad de otro ser humano.
Philippe Quesada Jassoud.
