Santo, ‘El enmascarado de plata’, así fue su último día de vida – 1

Lic. Carlos García Neira
6 minutos de lectura

Durante 42 años, ningún rival logró quitarle la máscara, ni en el ring, ni en la calle, ni en una cámara indiscreta. 42 años esquivando llaves, cuchillas, trampas de otros luchadores, periodistas curiosos y hasta sus propios vecinos que ni idea tenían de quién vivía en la casa de al lado. El santo escapó de absolutamente todo, de todo, menos de una cosa.
El 5 de febrero de 1984, sobre el escenario del Teatro Blanquita en plena [carraspeo] Ciudad de México, terminó una función de escapismo. Se soltó de las cadenas como siempre. El público aplaudió como siempre. Y entonces, caminando hacia su camerino, sintió algo que ninguna llave de lucha libre le había hecho sentir jamás, un dolor que le apretaba el pecho y le bajaba por el brazo.
Ese hombre tenía 66 años. Y esa noche, sin que nadie en el teatro lo supiera todavía, el enmascarado de plata estaba perdiendo la única pelea que en 42 años jamás había tenido que dar, la de su propio cuerpo. Ningún luchador rudo lo había logrado. Ningún reportero, con toda su insistencia lo había logrado. Ningún camarógrafo en 42 años de giras, entrevistas y películas había logrado ver ese rostro sin permiso.
Y ahora, sin avisar, sin pedir permiso, ese cuerpo cansado le estaba haciendo algo que ningún rival había podido hacerle jamás. Pero antes de contarte cómo terminó esa noche y créeme, hay detalles de esa historia que muy poca gente conoce bien, vale la pena entender algo primero. ¿Quién era realmente el hombre debajo de esa máscara? ¿Y por qué nunca jamás, en 42 años pudo simplemente dejar de subirse a un escenario?

Se llamaba Rodolfo Guzmán Huerta.
Nació en Tulancingo, Hidalgo, en septiembre de 1917. Uno de siete hermanos de una familia que jamás imaginó que ese niño terminaría siendo literalmente un símbolo nacional. Cuando la familia se mudó a la ciudad de México, a Tepito, un barrio que no perdona a los débiles, Rodolfo encontró en el deporte lo que muchos ahí encontraban, una forma de sobrevivir con orgullo.
En esa época, la lucha libre mexicana era otra cosa por completo. No había arenas iluminadas ni televisión nacional. Se peleaba en carpas, en salones prestados, frente a públicos que pagaban centavos por ver a dos hombres jugarse el orgullo sobre una lona gastada. Los luchadores no eran celebridades, eran obreros, muchachos con hambre de algo mejor, que subían al ring esperando ganarse unos pesos y si acaso un poco de respeto.
Debutó como luchador en 1934. Y aquí viene algo que sorprende a mucha gente. Antes de ser el santo fue Rudy Guzmán, fue el hombre rojo, fue el demonio negro. Probó nombre tras nombre, máscara tras máscara, durante casi una década, sin encontrar nunca ese algo que lo hiciera distinto de los otros 100 luchadores que se subían a Rings improvisados por unos cuantos pesos.
El 26 de julio de 1942, en la Arena México, con 24 años se puso una máscara plateada, sencilla, sin adornos, y adoptó el nombre que ya no volvería a cambiar jamás, el santo. Nadie en ese momento podía imaginar que esa tela plateada se convertiría en una de las imágenes más reconocibles de todo un país, ni que 42 años después esa misma máscara terminaría enterrada junto a él. El ascenso fue rápido.
En 1944 formó junto a Gori Guerrero la pareja atómica, un equipo prácticamente invencible. Para 1946 ya tenía el campeonato mundial welter de la NWA, pero el momento que de verdad cambió su historia y también la de otro hombre llegó el 7 de noviembre de 1952, cuando el Santo le arrancó la máscara a un luchador llamado Black Shadow en pleno combate.
En la lucha libre mexicana, eso no era solo ganar una pelea, era desnudar frente a miles de personas la identidad completa de otro hombre. Y esa humillación empujó al compañero de equipo de Black Shadow a cambiar de bando por completo, convirtiéndose en el héroe que México aprendería a querer casi tanto como a el santo. Su nombre Blue Demon.
Durante años se enfrentaron función tras función, arena tras arena, en una rivalidad que llenó estadios. Y sin embargo, fuera del ring, esos dos hombres se volvieron amigos de verdad. compartieron películas, giras y el mismo dolor cuando años más tarde el destino los volvió a cruzar de una forma mucho más triste.
El funeral de Blue Demon es de alguna manera la otra cara de esta misma moneda. Y para entender por qué arrancarle la máscara a alguien era algo tan grave, hay que entender qué significaba esa tela para un luchador mexicano de esa época. No era un disfraz, era la identidad completa.
Un luchador podía perder combates, podía envejecer, podía retirarse, pero mientras conservara la máscara, conservaba también el misterio que lo hacía especial. Perderla, en cambio, significaba mostrar el rostro real para siempre, sin vuelta atrás. Por eso lo que el santo cargó durante 42 años no fue solamente un secreto. Continuará…

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