Durante décadas nos convencen de que cumplir años es un ejercicio de acumulación: más compromisos, más prevenciones, más peso sobre los hombros. Sin embargo, con el paso del tiempo, el verdadero milagro de la madurez consiste exactamente en lo contrario. En un despojo paulatino, casi imperceptible, de las armaduras inútiles. Al soltar la tiranía del qué dirán y la imposición por encajar, la mente se aligera de tal modo que termina ocurriendo un fenómeno insospechado: nos volvemos, de pronto y sin avisar, infinitamente más jóvenes.
Claro, es una juventud distinta a la de los veinte años. Aquella primera lozanía solía estar atosigada por el ruido del futuro y la urgencia de figurar. Esta nueva juventud, en cambio, se reconquista desde la profunda calma. Es la libertad de no tener que demostrarle nada a nadie y de recuperar la capacidad de asombro que la vida adulta suele sepultar bajo toneladas de rutina.
Me ocurrió esta mañana durante mi caminata diaria. Por prescripción médica —y por una dócil disciplina del corazón— recorro cada mañana cuarenta minutos de parque y aire fresco. Iba concentrado en el ritmo del paso cuando, de pronto, un canario detuvo su vuelo en una rama cercana. Fue un instante fugaz, una fracción imperceptible de segundo en la que nos miramos a los ojos. Hubo allí un reconocimiento mutuo, una certeza compartida de estar habitando la misma luz de la mañana.
Unos metros más adelante, al pasar junto a uno de esos viejos árboles a los que miro a diario, sentí que el rugoso tronco de uno de ellos me sonreía, casi de manera cómplice. Por allí habían pasado varias personas apuradas lo habrían visto únicamente madera y hojas; yo, en mi bendita soberanía de hombre maduro, le devolví el saludo con una sonrisa. Pero lo mejor no fue el gesto externo, sino la carcajada limpia que se encendió dentro de mí. Una risa fresca, transparente, que discurrió por mis adentros como el agua fresca de la acequia que cruzaba mi infancia en Cocachacra cuando apenas tenía diez años.
¿Es locura? Al contrario: es la máxima expresión de la lucidez. En la psicología del desarrollo se sabe bien que el cerebro, liberado del estrés del rendimiento, abre espacio para lo que los antiguos llamaban la contemplación pura. Al reducir el ruido del ego, los sentidos se afinan. El mundo deja de ser un escenario de utilidades y vuelve a convertirse en un espectáculo precioso, divino.
Caminar para cuidar el corazón es una tarea noble, pero descubrir que ese mismo corazón se reconforta con la mirada de un ave o la complicidad de un tronco centenario es un privilegio que solo otorgan las canas. La verdadera lozanía no habita en la falta de arrugas, sino en la gracia de reírse por dentro mientras el mundo pasa de largo en su eterna y fatigosa prisa.
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