Allende: el masón, el constructor y la obra inconclusa

Dr. Miguel Rojas Pizarro
10 minutos de lectura

A 53 años: una voz que todavía recorre las grandes alamedas.

Por Miguel Ángel Rojas Pizarro / Psicólogo – Profesor de Historia – Psicopedagogo. @Soy_profe_feliz – psmiguel.rojas@hotmail.com

Hay hombres que reciben una obra terminada y dedican su vida a administrarla. Otros comienzan a construir sabiendo que probablemente jamás estarán presentes cuando llegue el momento de colocar la última piedra. Pienso que Salvador Allende perteneció a estos últimos.

Fue médico, parlamentario, ministro y Presidente de la República. Fue socialista y uno de los personajes más trascendentes y controvertidos de nuestra historia contemporánea. Pero hubo también otra dimensión de su existencia que permite aproximarse a él desde un lugar diferente: Salvador Allende fue masón.

No es un antecedente meramente biográfico. Su pertenencia a la masonería formó parte de su formación y de una tradición familiar que lo antecedía. Y quizás desde allí podamos observarlo no solamente como el político que gobernó Chile entre 1970 y 1973, sino también como un hombre que entendió su existencia como una obra y la política como una herramienta para construirla.

Cuando pienso en Allende desde esa perspectiva, inevitablemente aparece la antigua figura de Hiram, el maestro constructor. No es necesario penetrar aquello que pertenece legítimamente al espacio reservado de una tradición iniciática. Para esta reflexión basta una imagen sencilla y profundamente humana: un hombre frente a una obra que es más grande que él mismo.

Uno pertenece al universo del símbolo; el otro, dolorosamente, a nuestra historia. No son equivalentes. Pretenderlo empobrecería tanto al símbolo como al personaje histórico. El paralelismo que me interesa es otro: ambos pueden ser contemplados desde la tragedia del constructor que no alcanza a observar terminada su obra y que permanece fiel a aquello que considera su deber.

Allende entendió la política como instrumento de transformación social. Durante décadas recorrió el camino institucional, participó en elecciones, conoció muchas derrotas y volvió a intentarlo. Finalmente llegó a La Moneda mediante las urnas con un proyecto que buscaba transformar profundamente la sociedad chilena.

Una democracia madura no necesita transformar a sus personajes históricos en santos seculares para respetarlos ni en demonios para cuestionarlos. Podemos debatir las decisiones de su gobierno, sus errores, sus aciertos, la viabilidad de su proyecto y las responsabilidades de los numerosos actores que participaron en una de las crisis más profundas de nuestra historia republicana.

Allende creyó profundamente en aquello que intentaba levantar. Su proyecto aspiraba a construir una sociedad que, desde su perspectiva, debía ser más justa y disminuir desigualdades que consideraba incompatibles con la dignidad humana.

El constructor sabe que ninguna obra importante pertenece enteramente a quien la inicia. Otros colocaron piedras antes de nosotros y otros continuarán haciéndolo cuando ya no estemos. Construir supone aceptar que somos transitorios y que la obra, si realmente merece la pena, debe sobrevivirnos.

Una herramienta, por sí sola, no posee moral. Un martillo puede afirmar una piedra para levantar la casa donde crecerá una familia. Ese mismo martillo puede destruir lo que otros construyeron. Una piedra puede formar parte de un edificio o convertirse en un proyectil. La diferencia no está en la herramienta. Está en la mano que la sostiene.

Allende utilizó durante décadas las herramientas que la política republicana había puesto a su alcance: la palabra, el debate, las elecciones, el Parlamento, la organización social y finalmente la Presidencia de la República. Intentó construir con ellas. Frente a aquella voluntad de transformación terminó imponiéndose otra lógica: la lógica autoritaria y fascista que reemplaza la palabra por la fuerza y convierte al adversario político en un enemigo que debe ser eliminado.

Entonces las herramientas dejan de trabajar sobre la piedra y comienzan a caer sobre los hombres. Porque antes de destruir una democracia es necesario destruir algo todavía más elemental: la fraternidad.

¿Cuánto vale aquello en lo que un hombre verdaderamente cree? Es fácil defender principios cuando no tienen costo. Es fácil hablar de tolerancia rodeado solamente de quienes piensan como nosotros. Es fácil declararse fiel a determinadas convicciones mientras éstas no exigen ningún sacrificio. Las convicciones adquieren otra dimensión cuando tienen un precio.

La mañana del 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende decidió permanecer en La Moneda. Sabía que las posibilidades de sobrevivir eran cada vez menores. Pudo enfrentar aquella situación de otras maneras. Eligió permanecer.

Podemos discutir histórica y políticamente aquella decisión. Pero existe en ella algo imposible de ignorar: Allende permaneció junto a aquello que representaba sus convicciones cuando defenderlas significaba arriesgar su propia vida. Y existe algo todavía más conmovedor. Mientras su presente se derrumbaba, habló del futuro. Habló de otras generaciones y de aquellas grandes alamedas que algún día volverían a abrirse para que hombres libres pudieran construir una sociedad mejor. Probablemente sabía que él nunca caminaría por ellas. Ésa es precisamente la paradoja del constructor.

Quien planta un árbol quizás nunca descanse bajo su sombra. El maestro que educa a un niño jamás conocerá todas las consecuencias de aquello que sembró. Quien coloca una piedra en una gran construcción probablemente no estará allí cuando el edificio finalmente abra sus puertas. Se construye porque se comprende que la obra es más grande que nuestra propia existencia.

Entonces aparece la pregunta fundamental: ¿Qué ocurre cuando cae el constructor? Las herramientas quedan en el suelo. Alguien tendrá que recogerlas. Esas herramientas no pertenecen a Allende. Tampoco pertenecen a la izquierda ni a la derecha. Pertenecen a la República.

Más de medio siglo después, nosotros somos quienes las tenemos en nuestras manos. Podemos utilizarlas para construir puentes o levantar trincheras. Podemos discutir con quien piensa diferente o insultarlo. Podemos reconocer en nuestro adversario a otro chileno o volver a fabricar enemigos. Incluso podemos tomar nuestra propia historia y convertirla en una piedra más para arrojarnos unos contra otros. Por eso recordar a Salvador Allende debería significar algo más que regresar cada septiembre a las mismas trincheras.

Quienes lo admiran deberían poder reconocer sus errores. Quienes lo cuestionan deberían ser capaces de reconocer su humanidad, sus convicciones y el sacrificio final de un hombre que decidió permanecer fiel a aquello en lo que creía.

La historia no debería proporcionarnos nuevas armas. Debería entregarnos mejores herramientas. Hiram no alcanzó a terminar su obra. Salvador Allende tampoco. Nosotros tampoco terminaremos la nuestra.

Chile seguirá existiendo cuando ninguno de nosotros esté aquí. Otros recogerán nuestras herramientas, revisarán nuestros planos, corregirán nuestros errores y probablemente se preguntarán qué clase de República intentábamos construir. Quizás nuestra responsabilidad nunca consistió en terminar la obra.

Tal vez sea algo más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más difícil: trabajar dignamente durante el tiempo que nos corresponde, colocar algunas piedras, reparar algunas grietas y dejar a quienes vienen después un edificio un poco más digno que aquel que nosotros recibimos. Y comprender, sobre todo, que quien trabaja a nuestro lado, aunque piense radicalmente distinto, continúa siendo nuestro hermano en humanidad y nuestro compatriota en la República.

El Presidente murió. El político murió. El masón también murió. Pero el constructor dejó sus herramientas. Y cuando llegue nuestro turno de dejarlas en el suelo, ojalá quienes las recojan puedan decir que también nosotros intentamos utilizarlas para construir. Nunca para destruir. Nunca para golpear a un hermano.

El 11 de septiembre y la dictadura cívico – militar pudo derrumbar una obra política. Pudieron destruirse instituciones, perseguirse ideas y silenciarse voces. Pudo caer el hombre que habitaba La Moneda. Pero no pudieron derribarse todos los pilares sobre los cuales Allende había levantado sus convicciones: la justicia social, la dignidad humana, la soberanía popular, la democracia y la esperanza de construir una sociedad mejor.

Esos pilares pueden ser discutidos, reinterpretados y perfeccionados por cada generación, pero no borrados de nuestra memoria colectiva. Porque las ideas tienen una extraña resistencia: sobreviven muchas veces a quienes intentan destruirlas.

Y quizás sea por eso que, después de tantos años, la voz de Allende todavía parece escucharse por aquellas grandes alamedas:

«Cuando ustedes y los compañeros lo recuerden, crean que su espíritu, con todos sus más delicados afectos, estará en medio de ustedes». Porque hay voces que la muerte no silencia: simplemente continúan caminando por las alamedas de la memoria.

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