Hay personas cuya manera de caminar termina formando parte del paisaje.
Durante años vi a un hombre recorrer las calles de Salamanca y de mi urbanización Los Recaudadores con unas largas zancadas que parecían ir siempre un poco más aprisa que el resto del mundo.
Vestía un pantalón azul que dejaba ver los tobillos, camisa beige de mangas largas, corbata azul y un quepí que apenas lograba contener su abundante cabello ensortijado. Algunos rizos rebeldes escapaban constantemente y bailaban con el viento, como si también ellos disfrutaran del recorrido. En la oreja izquierda llevaba siempre un lapicero. Del hombro colgaba un enorme maletín de cuero. No era un simple adorno; era un pequeño universo de sobres, postales, giros y esperanzas. Sus zapatos negros, de gruesas suelas de cuero, parecían pesar más que él mismo. Sin embargo, jamás perdían el compás de aquella caminata que era casi una carrera. Me hacía recordar las largas zancadas de Lorenzo Parachoques.
Era cerca del mediodía y llegaba de la Universidad Ricardo Palma, todavía con la imagen de la guapa señora con la que me había cruzado. Los años setenta tenían un sabor distinto y peculiar, como si el tiempo transcurriera con otra música. A esa hora las calles eran un remanso de tranquilidad. Apenas se escuchaba algún motor a la distancia, el ladrido ocasional de un perro o el canto persistente de un canario escondido entre los jardines.
Las señoras regaban las plantas de sus casas. El vendedor de huevos avanzaba lentamente empujando su carretilla de madera. Un poco más tarde aparecía la señora de las frutas y verduras anunciando su presencia con esa voz que todos reconocíamos desde varias cuadras antes. Los chicos jugaban sin prisa y los vecinos sabían perfectamente quién vivía en cada casa, quién recibía visitas y hasta quién necesitaba una taza de azúcar o una mano para empujar el automóvil que se negaba a arrancar.
El cartero era parte de ese paisaje.
Saludaba a todos.
—Don Andrés, hoy tampoco hay carta.
Don Andrés levantaba la mano mientras seguía ayudando a Adrián, el mecánico de la cuadra, a poner en marcha su viejo Ford Taunus.
Unos pasos más adelante inclinaban apenas el quepí.
—No se preocupe, doña Elvira. Seguro la próxima semana escribe Giuliana y le cuenta cómo le está yendo en Estados Unidos.
Doña Elvira sonreía con una mezcla de esperanza y resignación. Luego aparecía doña Violeta camino a comprar huevos. Mujer de pocas palabras y gesto permanentemente severo. Sin embargo, bastaba el saludo cordial del cartero para que aquella rigidez se transformara, aunque fuera por unos segundos, en una tímida media sonrisa. Después encontraba a mi mami saliendo de casa. Seguro iba a visitar a la señora Paquita.
—Doña Estelita, todavía no llega carta de Pacasmayo. Ya no debe tardar mucho.
Siempre me pregunté cómo sabía tanto de cada familia. Nunca lo vi abrir una carta. Tampoco hacía falta. Después de recorrer tantos años las mismas calles, había aprendido algo que hoy parece extraordinario: conocía a las personas. Sabía quién esperaba noticias de un hijo, quién tenía un hermano trabajando lejos, quién aguardaba una respuesta para un empleo o quién contaba los días para recibir una fotografía enviada desde otro continente.
Mientras lo observaba alejarse, con la corbata moviéndose al ritmo del viento y aquellos rizos escapando del quepí, tenía la impresión de que la alegría caminaba por la vereda.
En Navidad y Fiestas Patrias debía agregar un pequeño costal a su equipaje. Allí guardaba los panetones, las botellas, las cajas de chocolates y los pequeños obsequios que los vecinos le entregaban espontáneamente. Nunca los pedía. Nadie se los debía. Eran simplemente una forma de agradecerle por algo mucho más valioso que repartir correspondencia. Porque, el cartero no transportaba únicamente cartas. Era el puente entre quienes estaban lejos y quienes permanecían esperando.
Cada sobre reunía a la familia alrededor de la mesa. La carta se abría con cuidado. Se leía despacio. A veces alguien repetía un párrafo para quien no había escuchado bien. Después comenzaban los comentarios, las risas, alguna lágrima silenciosa y los inevitables planes para responder cuanto antes.
Las cartas tenían un extraño poder: suspendían el tiempo.
Mientras alguien las leía, el reloj parecía resignarse a esperar.
Quizá por eso conservo, desde aquellos años, una pequeña costumbre. Cuando camino, al bajar de la vereda a la pista y volver a subir, doy un pequeño salto. Lo hacía a los diecisiete años y, sin proponérmelo, sigo haciéndolo ahora.
Es apenas un instante.
Una pequeña rebeldía contra la gravedad.
Me gusta sentir ese impulso. Como si al volver a poner los pies sobre la vereda inaugurara un nuevo acorde y la vida cambiara discretamente de compás.
Aquella mañana volví a hacerlo.
Bajé de la vereda a la pista.
Salté.
Y al volver a subir, algo cambió.
El cartero seguía alejándose.
Sus largas zancadas parecían llevarlo cada vez más lejos. La corbata azul danzaba con el viento y los rizos rebeldes saltaban fuera del quepí. El enorme maletín golpeaba suavemente contra su costado.
Sentí deseos de llamarlo.
—¡Señor…!
No sé si la palabra salió de mis labios.
Tampoco sé quién quiso llamarlo.
Quizá aquel muchacho de diecisiete años que regresaba de la universidad.
Quizá este hombre que, muchos años después, caminaba por las mismas calles.
El aire tenía una bondad particular. Era un aire tibio, limpio, de aquellos años en que las tardes parecían tener más espacio. Entonces, como si llegara desde una ventana cercana, comenzó a filtrarse una melodía: Reflexiones de mi vida.
Estoy casi seguro de que venía de la radiola de mi amiga Soledad.
La canción se mezcló con el viento, con el canto de los canarios, con el rumor de los jardines y con el acompasado sonido de aquellos pesados zapatos de cuero. Por un instante todo pareció formar una sola música.
El cartero, la calle, la canción, el muchacho, el hombre, el pasado el presente.
En eso sonó el celular.
Una notificación.
Levanté la vista.
Seguía caminando por los parques y las calles de mi urbanización, cumpliendo, como cada mañana, mis treinta minutos de ejercicio.
Miré el reloj.
No habían transcurrido más que unos pocos minutos. Pero, yo acababa de regresar de un viaje de más de medio siglo.
Fue entonces cuando comprendí que recordar y memoria no son exactamente lo mismo. Solemos emplearlas como si fueran sinónimos, pero existe entre ambas una diferencia secreta.
Recordar es un acto de la voluntad. Uno decide buscar un nombre, una fecha o un episodio.
La memoria, en cambio, posee voluntad propia. Permanece silenciosa durante años hasta que un aroma, una calle, una melodía, una voz o un pequeño salto pueden abrir una puerta que ignorábamos que seguía allí.
Tal vez por eso los recuerdos no regresan cuando nosotros queremos.
Regresan cuando encuentran el camino.
El antropólogo Robin Dunbar sostiene que el cerebro humano evolucionó para vivir en comunidades donde el reconocimiento mutuo y la confianza eran esenciales para la cooperación. Las neurociencias han mostrado, además, la importancia de los vínculos sociales, de las conversaciones y de esos pequeños encuentros cotidianos para nuestro bienestar emocional.
Aquellos saludos que hoy parecen insignificantes tenían un valor enorme.
Conocíamos al vendedor de huevos.
A la señora de las frutas.
Al mecánico.
Al vecino.
Al cartero.
Sabíamos quién esperaba una carta y quién esperaba una visita.
Hoy un mensaje tarda apenas unos segundos en cruzar el planeta. Podemos conversar por videollamada con alguien que vive al otro lado del océano. Nunca habíamos dispuesto de tanta tecnología para comunicarnos y, sin embargo, pocas veces nos habíamos sentido tan distantes.
Hemos multiplicado los contactos, pero reducido los encuentros.
Las conversaciones se han convertido muchas veces en notificaciones. Las puertas permanecen cerradas y los nombres se reemplazan por números de departamento o nombres de usuario.
Antes, una carta podía tardar semanas en llegar y, paradójicamente, nos hacía sentir más cerca. Tal vez porque la comunicación no depende únicamente de la velocidad con que viaja un mensaje. Depende también de cuánto tiempo estamos dispuestos a permanecer con él.
Y entonces recordé a aquella hermosa mujer con la que me había cruzado al comenzar la caminata.
Ahora sospecho que quizá no era una mujer cualquiera.
Los antiguos griegos llamaron Mnemosine a la diosa de la memoria. Tal vez caminó a mi lado aquella mañana sin decirme quién era. Quizá fue ella quien abrió aquella puerta. O tal vez todo fue simplemente una coincidencia.
Pero hay coincidencias que llegan con demasiada precisión para no despertar sospechas.
Volví a escuchar, dentro de mí, la canción Reflexiones de mi vida.
Volví a ver al cartero.
La corbata azul.
Los rizos escapando del quepí.
El enorme maletín de cuero.
Y aquellos zapatos que parecían pesar más que él mismo y que, sin embargo, caminaban como si conocieran perfectamente el camino.
Guardé el teléfono en el bolsillo y seguí andando.
Mientras avanzaba hacia mi casa —esa donde ya no están mi mami ni papá— pensé que quizá la memoria se parece al agua cuando cae sobre una tierra seca, herida y sedienta.
Nunca sigue un solo surco.
Abre caminos, se detiene, se desvía.
Desaparece.
Vuelve a aparecer unos centímetros más allá. Sin que sepamos cómo, termina encontrando su cauce.
Quizá por eso las cartas nunca dejaron de llegar caminando.
Solo cambiaron de destino.
Ahora vienen desde el pasado.
Y algunas, como esta, llegan justo cuando uno está caminando hacia casa.
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