- “UN MEDIO QUE VIVE DE INVESTIGAR AL PODER TIENE EL DEBER DE NO CONVERTIRSE EN VERDUGO DE OFICIO”.
- “EL PERIODISMO NO PUEDE CONVERTIR EL REFLECTOR EN UNA VENDA: LO QUE SE ILUMINA IMPORTA, PERO TAMBIÉN IMPORTA LO QUE SE DEJA EN LA OSCURIDAD”.
- “SI EL PODER CONCENTRÓ, PERO EL PUEBLO RESPIRÓ, AMBAS VERDADES MERECEN SER CONTADAS”.
- “EL FARO PUEDE SER UN REFERENTE, PERO NINGÚN MEDIO DEBE CONVERTIRSE EN LA ÚNICA LINTERNA CON LA QUE SE MIRA A EL SALVADOR”.

El periódico digital El Faro no es un folleto. Tampoco es un tribunal. Se presenta como lo segundo y opera, demasiado a menudo, como lo primero: un fiscal que ya sabe la sentencia. Hay que decirlo sin anestesia. Un medio que vive de investigar al poder y que ha ganado premios por hacerlo tiene el deber de no convertirse en verdugo de oficio. Fiscalizar es un servicio. Convertir cada gobierno en reo permanente, y cada logro en prueba de cargo, es otra cosa: es hábito, y el hábito disfrazado de ética es la forma más elegante de la parcialidad.
Se le reconoce lo que es suyo. El Faro destapó lo que ARENA escondía en cuadernos, lo que Funes negó en cadena y lo que el FMLN administró en offshores. Aplicó el mismo método a Bukele. Eso no se le regala: se le anota. Un país sin ese archivo sería más ciego. El problema no es que le muerda la mano al que manda. El problema es que casi nunca le da la otra mano al hecho que el país sí ganó. La equidad informativa no pide aplausos.
Pide rango: que el dato que salva vidas no quede siempre debajo del adjetivo que condena al gobierno. Ahí se rompe la ética, no en el reportaje largo, sino en la jerarquía. El Faro exige al Estado transparencia de centavos y vive, en su mayor parte, de fundaciones extranjeras. Lo dice en su propia página: el grueso del presupuesto no sale del lector salvadoreño ni de la publicidad local; sale de un circuito de donantes —Open Society y otras— que premia cierto tipo de periodismo, cierto tipo de enemigo, cierto tipo de relato. Publicar el porcentaje no es lo mismo que publicar la cuenta.
Un medio que trata la “partida secreta” del Ejecutivo como escándalo moral no puede resolver la propia con un pie de página. Si el músculo investigativo depende de quienes financian “accountability” en el Sur, la pregunta no es conspirativa: es profesional. ¿Qué temas se vuelven inevitables? ¿Qué logros se vuelven inelegibles para portada? La captura no siempre es una orden. A veces es una dieta.
Por afición o por hábito —da igual el motivo cuando el efecto se repite— El Faro ha sido implacable con el poder y tacaño con la equidad. El poder merece sospecha. La gente que dejó de pagar renta, que enterró menos hijos, que caminó de noche, merece algo más que una cláusula concesiva antes del “pero”. Llamar dictador al presidente Nayib Bukele en el editorial y filtrar luego toda la cobertura por esa palabra no es independencia: es tesis previa. Independencia sería sostener dos verdades en el mismo cuerpo de texto, con el mismo tipo de letra: el Estado pactó, mintió o concentró poder; y en ese mismo período ocurrió un cambio medible que millones reconocen sin que El Faro se lo autorice.
Lo que sigue no es un ajuste de cuentas sentimental. Es un desglose de fallos éticos, caso por caso: no “nunca publicaron el número”, sino cómo el número fue degradado; no “están vendidos”, sino cómo el marco, el título y el silencio relativo produjeron un verdugo elegante. El oficio de vigilar al poder se felicita. La equidad informativa, en los casos que vienen, se le cobra.
CEGUERA INFORMATIVA
- El homicidio dejó de ser paisaje. De 2.398 asesinatos en 2019 (~38 por 100.000) a 82 en 2025 (~1,3). AP lo reportó. No es un eslogan: es el cambio material más grande de la posguerra.
- Se quebró el territorio pandillero. Extorsión, “ver, oír y callar”, renta al negocio y al bus. Eso no se mide sólo en tasa: se mide en quien abre la tienda sin pagar.
- La gente volvió a circular. Parques, malecón, centro, playa de noche. El alivio es masivo, anterior a cualquier debate sobre CECCOT.
- El turismo dejó de ser una nota de lástima. De 2,64 millones de visitantes internacionales en 2019 a 4,12 millones en 2025; unos $3.635 millones en divisas. La seguridad es el piso de esa cifra.
- El Estado dejó de ser sólo fila. Simple SV: más de 1,3 millones con identidad digital y unos 4,5 millones de trámites en línea. No es “el futuro”. Es no perder el día en una ventanilla.
Cinco injusticias mezquinas (pudiendo motivar, no lo hizo)
- EL FARO nunca le dio al descenso de muertos el rango de noticia-país. El pacto sí. El tendero que ya no entierra un hijo, no. El número, cuando aparece, es antesala del “pero”. Motivación cero. Tesis, toda.
- Trató el barrio recuperado como trampa. Pudo titular: la colonia respiró. Tituló el expediente. Mezquindad: usar el alivio de millones sólo para sostener la ilegitimidad del gobierno.
- Confundió adjetivo con cobertura. “Dictador” en editorial está permitido. Filtrar turismo, trámites y calles vacías de miedo por esa palabra es negar el país que la gente camina.
- Aplicó otro voltaje al mismo pecado. Pactos de Funes y ARENA = historia del sistema. Pactos de Bukele = pecado original. Misma conducta, distinta saña. Eso no es método. Es encono.
- Le negó al lector el derecho a dos verdades. Pudo escribir, en el mismo cuerpo y el mismo tipo: hay presos de más, hay due process roto y El Salvador dejó de ser la capital del asesinato. Eligió una sola. Un medio que puede sostener las dos y elige humillar el logro no está fiscalizando. Está racionando la dignidad del que sobrevivió.
CIERRE EDITORIAL DESDE PRENSAMÉRICA INTERNACIONAL©
Desde nuestra Sala de Redacción no le pedimos a El Faro que se vuelva ‘Diario El Salvador‘. Tampoco le dictamos agenda. Registramos un patrón y lo nombramos: un medio implacable con casi todos se volvió, por hábito, implacable sobre todo con el resultado que el país sí puede tocar. Fiscalizar el poder es oficio. Convertir cada logro en prueba de cargo es otra cosa.
Prensamérica Internacional© no exige. Observa. Y lo que observa no es menor. El descenso de homicidios —de 2.398 en 2019 a 82 en 2025— casi nunca tuvo el rango de noticia-país. El pacto sí. El tendero que ya no entierra un hijo quedó en la cláusula del “pero”. Un medio capaz de reconstruir una negociación clandestina durante años eligió no darle al alivio el mismo tipo de letra. Eso no es rigor. Es jerarquía.
El barrio que dejó de pagar renta aparece, cuando aparece, para sostener el expediente. La colonia recuperada no es un accesorio del caso Bukele. Tratarla sólo como efecto de un pacto es el mismo truco que El Faro denuncia en Casa Presidencial: el resultado no cuenta si no sirve al relato.
“Dictador” cabe en un editorial. No cabe como filtro de toda la cobertura. Turismo a más de 4 millones de visitantes, trámites digitales por millones, calles sin la renta de la clica: eso es vida del país. Quien lo pasa por la etiqueta no investiga. Predica. El Faro acusa a Bukele de convertir una narrativa en verdad viral. El espejo también existe: una verdad incompleta, repetida con oficio, también es dogma.
El pacto con pandillas pesó como “historia del sistema” cuando eran Funes o ARENA. Pesó como pecado fundacional cuando fue Bukele. Misma conducta, distinto voltaje. Eso no se discute como consigna. Se lee en el archivo. El archivo no miente; el énfasis, sí.
Sobre el dinero: El Faro publica que vive, en su mayor parte, de fundaciones. Publicar el porcentaje no es lo mismo que abrir la cuenta. Un medio que trata la opacidad del Estado como escándalo moral deja la propia en un “Acerca de”. No hace falta inventar una orden del donante. Basta el incentivo: qué temas se premian, qué logros quedan fuera de portada.
EL JUICIO, NO EL MANDATO
Sigue siendo útil que El Faro persiga presos de más, muertes bajo custodia, reelección a martillazos y una Asamblea sin contrapeso. Ese trabajo no se le niega. Lo que Prensamérica Internacional© pone sobre la mesa es otra falta: racionarle al país el derecho a nombrar que el bus ya no cobra dos veces.
La equidad informativa no es un coro. Es dos verdades en el mismo cuerpo, mismo tipo, misma portada: el poder concentró y el pueblo respiró. Quien sólo escribe la primera no es faro. Es reflector. Ilumina lo que ya decidió condenar. El hábito del verdugo también se documenta. Desde Prensamérica Internacional©, eso es lo que queda dicho.

ANÁLISIS / DOS ÉLITES, UN MISMO OFICIO
El Faro no es el pueblo con teclado. Bukele no es sólo el pueblo con urna. Los dos administran poder. Lo que cambia es la herramienta. ¿Quién paga la redacción?
El Faro vive, en lo sustancial, de un circuito que no vota en El Salvador. Open Society —la fortuna de George Soros vuelta endowment de unos 23.000 millones— le ha soltado grants documentados año tras año: cientos de miles de dólares para “periodismo de servicio público”, migración, corrupción, pandillas.
Ford, con 17.500 millones en activos, le acaba de poner casi medio millón a la fundación costarricense que ahora es el cascarón legal del medio. Heinrich Böll no es un mecenas romántico: es presupuesto alemán, cercano a Los Verdes, cooperación que se retira a Guatemala cuando San Salvador cobra impuesto a la plata extranjera.
Seattle International Foundation canaliza filantropía del noroeste de Estados Unidos hacia “democracia y espacio cívico” en el Triángulo Norte. Free Press Unlimited vive de ministerios europeos y, en parte, de Washington. La marca misma del periódico ha pasado por una sociedad del Media Development Investment Fund, cuyo CEO salió del entorno legal de Open Society.
Eso no es lavado. Es peor y más simple: es un modelo de negocio. Un medio de un millón de dólares al año no se sostiene con pupusas ni con banners. Se sostiene porque unas juntas en Nueva York, Berlín y Ámsterdam, decidieron que Centroamérica necesita contrapesos y que un periódico premiado es contrapeso barato. El Faro lo dice en su propia web. El 65 o el 75 por ciento llega de ahí. El lector pone el resto, y es el resto.
QUIÉN PAGA EL ESTADO
Bukele administra otro caudal: Policía, Fiscalía, Hacienda, Asamblea, régimen de excepción, relato de guerra contra las pandillas. Ese poder sí se vota. También se concentra. Desde 2020, tres semanas después de que El Faro publicara el pacto con la MS-13, el presidente anunció en cadena una investigación “seria” por Lavado. Las auditorías no hallaron lavado. Cambiaron el cargo a Evasión. Seis años después, sin sentencia firme, Hacienda anota cuentas e inmuebles de socios. El timing no es coincidencia fiscal. Es el Estado usando el único lenguaje que un medio entiende cuando ya no puede meterlo preso del todo: el dinero y el miedo.
Ahí está la primera simetría. Uno compra narrativa con grants. El otro compra silencio con fiscales. Los dos insisten en que sólo están defendiendo a la gente.
¿CÓMO LO USAN?
El Faro usa su poder para fijar la agenda que sus donantes ya consideran virtuosa: pactos criminales, erosión institucional, derechos, excepción eterna. Lo hace con oficio. Ha documentado cosas que el gobierno preferiría en un cajón. Eso cuenta. También cuenta que el cheque llega de instituciones que, antes de abrir el reportaje, ya definieron a Bukele como el problema y al “espacio cívico” como la métrica. Nadie en esa mesa pregunta si el homicidio bajó. Preguntan si hay Pegasus, exilio y Ley de Agentes Extranjeros. Métrica importada, aplicada con rigor local.
Bukele usa su poder para fijar la agenda que su mayoría ya considera virtuosa: calles sin maras, Estado que no negocia, prensa que no le discute el milagro. Lo hace con popularidad real y con aparato. Ha reducido la violencia de un modo que ningún editorial extranjero va a borrar. También cuenta que convierte cada investigación incómoda en “Soros”, cada auditoría en patriotismo y cada bien congelado en garantía tributaria.
MÉTRICA DOMÉSTICA, APLICADA CON RIGOR DE HACIENDA
Los dos convierten un hecho en identidad. Si El Faro acierta en un pacto, el gobierno es la mafia. Si Bukele acierta en los homicidios, El Faro es el partido de la sangre. La complejidad no sobrevive a ninguna de las dos cajas.
¿Por qué es la misma métrica? Porque las dos élites miden el país por si les obedece el relato. Para las fundaciones, un gobierno legítimo es el que deja vivir a sus grantes. Libertad de prensa, en la práctica, es libertad de su prensa. Democracia es el ranking que ellos cofinancian. Cuando el Ejecutivo cierra el grifo local, ellos abren el extranjero y llaman a eso sociedad civil. Concentran dinero —fortunas de bolsa, de autos, de impuesto alemán— y lo disfrazan de empoderamiento.
Nadie los eligió aquí. Deciden igual. Para Casa Presidencial, un medio legítimo es el que no muerde la tesis del milagro. Independencia, en la práctica, es independencia de Soros. Soberanía es que Hacienda pueda sentarse sobre una cuenta. Cuando el periódico muerde, el Estado no responde el dato: responde el financiamiento. Concentran fuerza —jueces, policías, cadena nacional— y lo disfrazan de voluntad popular.
LOS ELIGIERON, PERO GOBIERNAN COMO SI ESO CANCELARA EL RESTO
Misma métrica: ¿quién controla la conversación sobre el poder? Uno la controla con nómina internacional. El otro, con el monopolio legal de la violencia y de la tributación. Uno no puede meterte al CECCOT. El otro no puede sostenerte en Costa Rica. Por eso se necesitan. El Faro sin Bukele pierde urgencia y, con el tiempo, pierde grant. Bukele sin El Faro pierde el enemigo perfecto: la élite que no vive aquí y habla de nosotros.
Lo que no hay que tragar señores, es que un millón de dólares de Open Society sea “el pueblo informado”. Tampoco que un embargo preventivo sin sentencia sea “sólo impuestos”. No hay que tragar que Soros sea dueño de El Salvador. Tampoco que Bukele sea sólo un alcalde con likes. Hay dos oligarquías. Una firma cheques. La otra firma acuerdos y partidas. Las dos odian ser llamadas por su nombre.
El periodismo bueno sigue siendo periodismo aunque lo pague Ford. El gobierno eficaz sigue concentrando poder aunque lo vote la gente. La pregunta adulta no es cuál de los dos es puro. Es cuál de los dos, hoy, te puede arruinar la vida sin que te enteres por un banco en línea o por un comunicado en inglés. Esa es la simetría. No es moral. Es de oficio.
PALABRAS MAYORES
En Prensamérica© ya hicimos el trabajo de archivo: quién paga, qué se ilumina, qué se degrada al “pero”. Bien. Eso es oficio. Lo que falta no es otra simetría. Es el golpe que ninguna redacción —ni la de El Faro ni la del gobierno— puede relativizar sin quedar en ridículo. Porque al final no se discute un ranking de libertad de prensa. Se discute si una madre vuelve a dejar la puerta sin tranca. Si el bus cobra una vez. Si el adolescente cruza la cancha sin pagar “impuesto de guerra”. Si el velorio dejó de ser rutina de barrio. Eso no es “contexto”. Eso es el país. Se puede escribir mil veces que hay presos de más, que el debido proceso se quebró, que Hacienda usa la lápiz contra socios, que Open Society no es el vecino de Soyapango.
Todo eso puede ser cierto a la vez. Ninguna de esas verdades devuelve a los muertos de 2015. Ningún grant de Ford explica por qué en 2025 el homicidio ya no es paisaje. Ningún editorial sobre “dictadura” le explica a quien enterró tres primos por qué este año no tuvo que comprar otro ataúd. Ahí se acaba el empate elegante.
El poder de Bukele es tosco, electoral, policial, a veces abusivo, pero con resultados que importan. El poder detrás de El Faro es fino, filantrópico, europeo-neoyorquino, a veces ciego, y tautológico en su discurso. Los dos concentran. Los dos narran. Pero sólo en uno de los dos fenómenos se camina de noche. El otro se lee en PDF. Un reflector puede ser brillante y seguir siendo reflector: da luz donde ya apuntó. Un faro tendría que servirle al que navega, no al que financia El Faro.
El Salvador dejó de ser el lugar donde la pandilla era gobierno de facto. Eso no lo autoriza una fundación. Lo autoriza el que llegó vivo a su casa. Contra ese hecho, el argumento editorialista pesa lo que pesa un comunicado: papel. La calle, cuando deja de cobrar sangre, no pide permiso al donante ni al presidente para ser verdad. Es verdad primero. Lo demás —Soros, CECCOT, Pegasus, reelección— viene después, o no merece el mismo tipo de letra. Eso que pasa en El Salvador son palabras mayores. Lo demás es comentario.
¿CORRESPONSAL O ENLACE CON PANDILLAS?
¿Qué significa que un colaborador y columnista de El Faro, Juan Martínez d’Aubuisson —el propio medio aclara que no es parte de su redacción— haya convivido durante un año con una estructura de la MS-13 para estudiarla desde dentro? ¿Qué ocurre cuando, desde esa inmersión en las fauces de una organización criminal, se describe que las pandillas habían llegado a cumplir un “rol social” y que su desaparición podía generar una crisis? No se trata de negar el valor de investigar al crimen, sino de formular una pregunta incómoda: ¿dónde termina la explicación sociológica y dónde comienza la normalización de aquello que se pretende explicar?
Y hay una pregunta todavía más difícil: si El Faro considera legítimo y necesario investigar desde las entrañas de las pandillas, ¿aplica con el mismo rigor ese principio cuando se trata de investigar al poder político? ¿Por qué una estructura criminal puede ser presentada desde sus códigos, sus dinámicas y su función territorial, mientras que los resultados de un gobierno en materia de seguridad deben quedar sometidos a un escrutinio de naturaleza completamente distinta?
Durante meses, Juan Martínez d’Aubuisson vivió dentro de una comunidad dominada por la MS-13 y El Faro convirtió aquella experiencia en una serie de diarios de campo. Años después, el mismo investigador describiría el papel de las pandillas como una “función desafortunada, pero necesaria” en determinadas comunidades. La pregunta incómoda no es si había que investigar a las maras —por supuesto que sí—, sino otra: ¿qué buscaba exactamente aquella cercanía, quién tenía acceso a ese relato y bajo qué marco se decidió contar al público lo que ocurría dentro de las estructuras criminales? Y, sobre todo, ¿cambió la mirada cuando llegó Bukele al poder?
¿Qué diferencia hay entre comprender al victimario y terminar construyendo una narrativa en la que el victimario aparece también como estructura social necesaria?
El Faro no necesariamente falsea: selecciona y jerarquiza.
2. El Faro aplica distinto “voltaje” a comportamientos semejantes dependiendo de quién ejerce el poder.
3. Al concentrarse en el expediente contra Bukele, termina relegando al ciudadano que experimentó directamente el descenso de la violencia.
4. La independencia no sólo debe medirse por quién paga, sino también por qué temas se convierten sistemáticamente en centrales y cuáles quedan fuera del foco.
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