Hoy, Francia está herida.
Miles de hectáreas han sido reducidas a cenizas. Familias enteras han tenido que abandonar sus hogares. Agricultores han visto desaparecer, en pocas horas, el fruto de toda una vida de trabajo. Animales han muerto y paisajes, ecosistemas y un patrimonio natural irremplazable han sido destruidos ante nuestros ojos.
Pero en medio de esta tragedia hay algo que permanece en pie. El valor de quienes luchan para proteger a los demás. Mi más profundo respeto y reconocimiento a nuestros sapeurs-pompiers, que día y noche, enfrentándose a temperaturas extremas, al humo, al cansancio y al peligro, ponen sus propias vidas en riesgo para salvar las de otros. Ellos representan algo que nuestra sociedad nunca debería olvidar: el sentido del deber, el sacrificio, el compromiso y el honor de servir.
Mi gratitud se extiende también a los agricultores que ponen sus tractores, sus cisternas y sus tierras al servicio de la comunidad. A los gendarmes y a las fuerzas del orden que participan en las evacuaciones, al personal sanitario, a los alcaldes, a los representantes locales y a todos aquellos que trabajan incansablemente sobre el terreno.
Y quiero dedicar una palabra especial a los voluntarios, asociaciones, restauradores, psicólogos y a tantos ciudadanos anónimos que, sin esperar nada a cambio, ayudan a quienes lo han perdido todo.
Eso también es Francia. Una Francia solidaria. Una Francia que sabe levantarse cuando la tragedia golpea. Pero esta situación también debe llevarnos a una reflexión.
¿Por qué tenemos que esperar a que el país arda para comprender la importancia de quienes lo protegen?
Nuestros bomberos llevan años alertando sobre la evolución de los riesgos, la multiplicación de los incendios, la necesidad de mayores recursos, mejores equipos, más personal y, sobre todo, de una verdadera política de prevención y anticipación. El reconocimiento no puede llegar solamente después de la tragedia.
No puede limitarse a una medalla, a unas palabras emocionadas o a un homenaje cuando las cámaras ya están presentes. El verdadero reconocimiento se demuestra con decisiones. Con recursos. Con prevención. Con planificación. Con respeto permanente hacia quienes están en primera línea.
La grandeza de una nación no se mide por los discursos pronunciados en los salones oficiales. Se mide por la manera en que protege y respalda a quienes, mientras nosotros estamos a salvo, entran en el fuego para salvar a los demás.
A quienes han perdido su casa, su explotación agrícola, sus recuerdos, sus animales o, peor aún, a un ser querido, quiero expresarles mi solidaridad más sincera. Las llamas terminarán por apagarse. Pero para muchos, las heridas permanecerán durante años.
Por eso, no debemos olvidar cuando las cámaras se hayan marchado, cuando los titulares hayan cambiado y cuando la emoción haya desaparecido de la actualidad.
No olvidemos a nuestros héroes cotidianos. Porque una nación que olvida a quienes la protegen corre el riesgo de olvidar también los valores que la mantienen unida.
Hoy, más que nunca, Francia necesita valor, responsabilidad, solidaridad y memoria. A todos los que luchan contra estos incendios, mi respeto, mi admiración y mi profunda gratitud.
Como ciudadano, no quiero permanecer como un simple espectador ante semejante tragedia. A todos ustedes que están en primera línea: gracias. Ustedes son el honor de Francia y de la República.
