Cada año se vuelve más complicado reprobar a un alumno. Y no porque el maestro quiera llenar las escuelas de reprobados, sino porque en muchos casos, cuando un estudiante no cumple con los aprendizajes, no asiste regularmente o simplemente no muestra avances, tomar la decisión de reprobar puede convertirse en un verdadero conflicto.
Hay padres de familia que convierten la reprobación en un conflicto personal contra el docente. Comienzan las reclamaciones, las presiones, las amenazas de acudir con directivos o supervisores y ante el temor de que una decisión académica termine convirtiéndose en un problema laboral, algunos docentes terminan cediendo.
¿Y qué sucede? El alumno pasa de grado.
Pero pasar de grado no significa necesariamente haber aprendido. Puede avanzar a sexto sin dominar contenidos fundamentales de quinto. Puede llegar a secundaria con enormes dificultades de lectura, escritura o matemáticas.
Y lo más preocupante es que el problema simplemente se va acumulando. Porque promover a un estudiante para evitar un conflicto no soluciona sus dificultades; solamente las traslada al siguiente grado. La educación no debería convertirse en una lucha entre padres y maestros.
El objetivo debería ser el mismo: QUE LOS ALUMNOS APRENDAN
Porque pasar de grado sin aprender puede hacer que hoy parezca que resolvimos un problema pero mañana podríamos estar creando uno mucho más grande.
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